viernes, 24 de julio de 2009

Pimiento y cebolla


- Madre, venga a verme.
- Tranquilo hijo. Ya voy.

Sobre la sartén puesta al fuego los pimientos y la cebolla crujían en el aceite caliente. Concepción, de vez en cuando, para que no se quemara el sofrito, lo removía con la cuchara de madera mientras improvisaba una sencilla ensalada con tomates y ajos secos. Escurrió el jerez con que había macerado la pechuga de pavo y echó los trozos de carne junto a las verduras. El aceite, al contacto con el vino que destilaba el ave, saltó como metralla hacia todos lados, con tan mala fortuna que una gota fue a dar cerca de su ojo derecho y le dejó una marca que pronto comenzó a encogerle la piel. Concepción corrió al cuarto de baño cubriéndose el ojo con un paño de cocina humedecido, cogió la pasta de dientes y se puso un poco sobre la piel quemada para que el flúor evitara la inflamación y no le quedara señal. Acabada la operación de primeros auxilios, regresó junto al fuego y movió la mezcla que crepitaba en la sartén antes de ponerle una tapadera para que cociera durante un rato.
Miró el reloj, eran las dos menos cuarto. Comenzó a poner la mesa y volvió a remover la cocción. Recogió la ropa tendida, la dobló y fue emparejándola separando la que era para planchar de la que no y así toda ésta según las habitaciones en las que debía ser guardada. A Lucas le dejó la ropa encima de su cama; a él no le gustaba que su madre le ordenara las cosas, de modo que Concepción, harta ya de tanto disgusto, se la dejaba doblada y él ya se encargaría de emparejarla si le daba la gana. La ropa interior de Cristina y sus camisetas las guardó en los cajones y la falda azul la colgó en el perchero para que ella la viera cuando llegara a casa.
De regreso a la cocina picó un buen manojo de perejil, lo agregó a la sartén removiendo de nuevo y en dos minutos el plato estaba listo.
Se dirigía al comedor con la fuente y las servilletas en las manos cuando sintió tras de sí el abrir y cerrar de la puerta principal, el ruido de unas llaves al chocar en el platillo de la entrada y unos pasos que se dirigían hacia ella.
– ¿Qué hay? –dijo su marido al tiempo que ambos se sentaban a la mesa.
– Nada –apuntó Concepción por toda respuesta mientras le servía su plato.
Él comenzó a comer con la cabeza gacha y sin levantar la vista de la comida.
– ¿Me pasas el pan?
– Claro –contestó Concepción acercándole la barra.
En ese momento él reparó en la mancha blanca que ella tenía en la cara.
– ¿Qué es eso?
– Nada, no es nada. Me saltó aceite hirviendo y me quemé.
Él bajó de nuevo la vista al plato y siguió comiendo y sopando con el pan los restos del jerez.
– Hoy te ha quedado sosa.
– Sí, puede ser –concedió ella–. Se me ha pasado corregirla de sal.
Entonces un sonoro impacto la estremeció y cerró los ojos asustada. Al primer golpe siguió otro, y otro, y otro, y así durante un buen rato mientras ella intentaba sobreponerse y abrir los ojos para ver cómo su marido la emprendía a puñetazos contra la mesa. Estaba encendido de furia y preguntaba a voces por qué nada podía salir bien. Pronto rompió en un llanto desgarrador mientras continuaba castigando la mesa con sus puños y formulándose la misma pregunta. Concepción sintió que una brecha irreparable se le abría en el alma. Quizá en otro momento habría abrazado a Isidoro, lo habría acunado con ternura hasta aplacar su rabia, pero no ese día. Las cosas no iban bien, nada iba bien, y ella ya no se sentía con fuerzas para animar a su esposo.

- Madre, venga a verme.
- Tranquilo hijo. Ya voy.

Hacía tres días que Lucas había vuelto de la clínica y uno y medio que no aparecía por casa. En lo que iba de año, aquél había sido su tercer intento fallido de desintoxicarse. La historia se repetía una y otra vez: se pasaba un fin de semana metiéndose de todo, una par de días en los cuales no daba señales de vida seguidos de otros dos encerrado en casa –ni siquiera quería comer, tampoco se duchaba–. Entonces empezaban los remordimientos, el mal rollo, el ‘yuyu’ que decía él, y vuelta a empezar. Al cabo de un par de semanas, como mucho un mes, volvía a ingresar en la clínica. Esta sería la última vez, lloraba avergonzado. Deben confiar en él, les decían los psicólogos, darle responsabilidades de adulto, que conozca el valor de las cosas. Sí, está bien. Ojalá ésta sea la última, se decían ellos calladamente, mientras Lucas salía a la calle y al poco comenzaba a aprender el valor de las cosas. Hoy farlopa a sesenta euros el gramo.

Ya era de noche cuando Cristina estudiaba en su habitación, Isidoro había bajado un rato al bar, Concepción preparaba la cena en la cocina y el teléfono sonaba en el comedor.
– ¿Diga?
Y alguien dijo. Alguien dijo que había pasado algo, que no se lo podía explicar por teléfono, pero que era urgente que ella o su marido se personaran en el Hospital General. Cristina entró en el salón a tiempo de ver a su madre colgando el teléfono. Todo sucedió a cámara lenta: su madre colgando el teléfono,...una lágrima rodando por su mejilla,...su madre sorbiendo esa lágrima,...su mano buscando una silla,...la silla que se aleja,...su cuerpo cayendo al suelo.

Todos esperaban lo peor. Las cosas no iban bien. Isidoro cargaba con su esposa que se resistía a cruzar la puerta de urgencias. Cristina trataba de aparcar el coche.
– ¿Son ustedes los padres de Lucas Coves Martínez? –preguntó una enfermera mientras Concepción trataba de contener el llanto.
– Sí. Yo soy Isidoro Coves y ella es Concepción Martínez. Dígame, ¿está bien nuestro hijo? ¿Está vivo?

- Madre, venga a verme.
- Tranquilo hijo. Ya voy.

– ¿Su hijo? Pues... verá: no sabría decirle.
– ¿Qué? –estalló Concepción–. ¿Qué demonios significa eso? ¿No sabe si mi hijo está vivo?
– Cálmese señora. Aquí no sabemos nada de su hijo. Su hijo no está aquí.
– ¿Cómo que no está aquí? ¿Entonces dónde está? – preguntó en ese momento Cristina que acababa de irrumpir en la sala como un torbellino.
– Su hijo –continuó la enfermera dirigiéndose a los padres– no ha estado aquí en ningún momento, pero tenemos una placa de identificación que le pertenece.
– ¿Tienen su placa? –se alarmó Isidoro.
– Sí. La traía una joven en su mano cuando ingresó.
– ¿Una joven? –inquirió consternada Concepción– ¿Qué joven?
– No lo sabemos. Esperábamos que ustedes o su hijo pudieran ayudarnos. ¿Saben ustedes dónde localizar a Lucas?
– ¿Sabe usted dónde se esconde el sol? –contestó Cristina airada– Él sí lo sabe.
Isidoro miró a su hija desaprobando su conducta y se dirigió de nuevo a la enfermera.
– No sabemos dónde está nuestro hijo, pero imagino que no nos han hecho venir para preguntarnos lo que podrían haber sabido por teléfono.
– Verán, la chica ha fallecido. Murió en el hospital, pero la causa fue un accidente de tráfico. Su cuerpo está prácticamente calcinado y resulta imposible identificarla. Si su hijo no aparece y nadie la reclama, en unos días será... Tal vez ustedes la conozcan. Quizá podrían darnos alguna pista si la vieran. La chica tiene un tatuaje todavía visible en el talón.
– ¿En el talón? –preguntó Cristina sin mermar su brusquedad– ¿Cómo es ese tatuaje?
– Pues no sabría decirle –contestó la enfermera–, pero si cree que le ayudaría a reconocerla, puede venir conmigo al depósito de cadáveres.
– No. No creo que pueda. Reconocerla, quiero decir.

Una hora más tarde, Isidoro, sentado frente al televisor, no se enteraba de nada; Concepción, acostada en su cama, no podía conciliar el sueño; y Cristina, en su habitación, buscaba y rebuscaba las cartas del Oráculo de los Ángeles. No había forma, las cosas no iban bien: Isidoro no veía, Concepción no dormía y Cristina no encontraba.

Isidoro se levantó dolorido tras haber pasado la noche en el sofá. Concepción se quedó en la cama con la esperanza de dormirse en algún momento, tenía un fuerte dolor de cabeza.
- Madre, venga a verme.
- Tranquilo hijo. Ya voy.
Cristina se despidió más temprano de lo acostumbrado porque tenía que recoger unos apuntes en casa de un amigo antes de ir a la universidad.

– ¿Recuerdas aquel repentino viaje?
– No. No recuerdo ningún viaje en concreto. Tu hermano siempre estaba fuera de casa. ¿Qué es lo que debo recordar?
– Pues que aquel fue un viaje especial. Cuando volvió estaba absolutamente cambiado.
– Cristina, sé que estás muy sensible y no quisiera resultar ofensivo, pero tu hermano nunca tuvo viajes normales, no de los que precisan equipaje. ¿Me entiendes? Tu hermano pudo estar en cualquier lugar. Pudo estar en una vida pasada. ¿Sabes dónde quiero llegar? Siempre volvía cambiado, pero el cambio siempre era el mismo.
– No. Te equivocas. Entonces yo tampoco creí que hubiera estado de viaje, mucho menos en París. Pero lo cierto es que hoy sí lo creo. Cuando regresó estaba diferente. Comenzó a engordar y tenía un aspecto más saludable.
– Había dejado de ir al gimnasio. Por eso comenzó a engordar.
– No. No fue sólo por eso. Estaba feliz. Salía más.
– ¿Y eso te parece positivo? No sé, conociendo su problema, yo...
– ¡Calla y escúchame! Mi hermano era otro. Me da igual si estuvo en París o a los pies del Eúfrates, pero te digo que algo en él cambió. ¿Cómo si no te explicas que esa chica tuviera su placa?
– ¿Y yo qué sé? Eso sí debió ser un cambio. Algo así como el juego de los cromos. Te cambio mi placa por un gramo de coca.
– Esa chica no se drogaba.
– ¿Cómo lo sabes? No la has visto.
– Sí la he visto.
– ¿Cómo?
– En una ocasión mi hermano andaba buscando un dibujo especial. Nada de lo que encontraba en las revistas parecía contentarlo. Se estaba poniendo muy nervioso. Comenzó a lamentarse y a gritar que nada iba bien. Yo me sentía fatal, porque siempre he querido ayudarlo, pero nunca he encontrado el modo de acercarme a él, así que pensé hacerle un dibujo. Elegí un ángel: el ángel de la libertad. Se lo dejé encima de su mesilla de noche para que lo encontrara a su regreso, y supongo que lo encontró, porque al día siguiente –no me preguntes cómo lo hizo– delante del espejo de mi cómoda había un ramillete de jazmines todavía mojados de rocío.
– ¿Me estás diciendo que tu hermano se levantó temprano para coger jazmines para ti?
– No. No te estoy diciendo eso, porque ni siquiera yo lo creo. Te estoy diciendo que fue ella.
– ¿Quién es ella?
– ¿Quién va a ser? La chica del tatuaje.
– Madre mía, creo que empiezas a estar un poquito mal de la cabeza.
– No. Algo me despertó, y no sé por qué me levanté y miré a través de la ventana. Mi hermano salía de casa con esa chica. Fue ella quien dejó los jazmines en la cómoda.
– Definitivamente estás chiflada.

Habían pasado tres días desde la visita al hospital cuando Cristina recibió la carta.
Hola pequeña,
Sé que no te lo vas a creer, pero estoy en París. Suena raro, ¿verdad?, pero necesito un cambio de aires. Ya no soporto tanta compasión, y la abnegada dedicación de mamá me enferma. Quiere entenderme, pero eso es imposible; a veces no me entiendo ni yo. Sé que si me quedo allí no saldré de los líos en los que estoy metido. Perdonad que me haya ido sin despedirme. Creí que era lo mejor. Di a los papás que estoy bien, pero no les digas donde vivo. No quiero que me busquen, no quiero verlos. Quiero volver a nacer. Cuando viajé a París conocí a una chica, se llama Lucy, es preciosa, es un ángel. Por eso, cuando vi tu dibujo supe que ese era el tatuaje que deseaba hacerme; ella también lo tatuó en su piel. Ahora somos dos ángeles unidos por la esperanza. No tiene familia, y ella ya ha pasado antes por lo mismo que yo con buenos resultados. Se ha recuperado. Estamos enamorados y yo también saldré de esto. Le pedí que le entregara a mamá mi placa. Ya no la necesitaré, porque voy a ser otro, pero no quiero que se preocupe. Lucy se reunirá conmigo dentro de quince días, cuando arregle unos papeles de trabajo que le solicitan para poder cobrar aquí el paro. Ya tiene un nuevo empleo al que se incorporará en tres meses. Yo también tengo un nuevo empleo, es provisional, como todo, pero al menos aquí me han dado una oportunidad. Ahora todo irá bien.
Te quiero, bonita. No me olvides.
El nuevo Lucas.

Era Jueves Santo, por lo que no hubo misa, sólo una breve recepción en la iglesia antes de que la comitiva fúnebre iniciara el paso lento hacia el cementerio. Tras el coche mortuorio Isidoro se deshacía en lágrimas mientras Concepción repetía su particular letanía: Tranquilo hijo. Ya voy. Tranquilo. Vendré a verte. Tú tranquilo, cariño, que la mamá no se va a olvidar de ti. Tranquilo. Estoy aquí.

Nadie sabe cómo fue, pero Cristina había dicho ‘Se equivocaron. Lucas está muerto.’ Y todos respiraron como es costumbre hacer para no morir. Ahora sólo quedaba reclamar el cuerpo y enterrarlo. Todos estuvieron de acuerdo.

No hay comentarios: