lunes, 31 de agosto de 2009

Blanc i blau

Blanc i blau,
blau i blanc.

Senzilla
és la vida a la vila.

Repòs a l'ànima,
calma a la mar,
i una virolada línia plana
creuant l'horitzó.

La nina dels meus ulls,
enlairant-se més enllà,
comença tranquil·la el viatge
del que mai no vol tornar.


Gracias a http://iso101.blogspot.com/ por la fotografía.

domingo, 30 de agosto de 2009

A Cadaqués

Un llar d'estels
reflectint-se a l'aigua
donen vida a la mar.

Corrents fosques
bressolen l'ànima
oberta al so de les ones.

Les campanes criden la nit
badant la porta
al somni blau de Cadaqués.

viernes, 28 de agosto de 2009

Madre


Espero que durante mi viaje
otras almas me acompañen
que los niños se miren en mis ojos
para que pueda verme reflejada en los suyos
cantando
con llanto triste llorando alegre
sola acompañada
nunca única simple esencia
los defectos las virtudes
justa viva
adelante

espero que durante mi viaje
otras almas me acompañen
que los jóvenes me reconozcan prójima
que me sonrían
y busquen mi sonrisa
que me amen me besen
me mimen me estrujen
que me tiendan una mano
que se agarren a mi mano tendida
a mi abrazo a mi mimo
a mis besos a mi amor

espero que durante mi viaje
otras almas me acompañen
que los ciegos me cubran de ciega justicia
y me juzguen
y ojalá no me condenen
y mierda si lo hacen
mas aun así
espero aprender a quererte
o mejor dicho
que descubras que te quiero
antes de que llegue a matarte

espero que durante mi viaje
otras almas me acompañen
que los niños me presten su inocencia
los jóvenes su voluntad
los viejos sus sabios consejos
y el tiempo
su memoria

de ellos haré mi corteza
la que me proteja de los arañazos de tu amor
la que me permita no abandonarte
que no me abandone

miércoles, 26 de agosto de 2009

Sortilegio contra el arrepentimiento

Que la fe no inunde tu alma
si no has de creer en lo humano
que los gritos desgarren tu pecho
y te parta el espíritu un rayo
si al hablar con dios derramas una lágrima
por lo que has tenido en tu mano

que bajo tus pies se abra el mar del olvido
que de ti engulla la muerte
la vida que has maldecido
que en su vientre te acoja la gran ballena blanca
y de su lado te escupa
el género al que perteneces

que al fin perezcas llevando contigo la nada
si de algo te has arrepentido


Porque lo humano es el tropiezo
no quieras a un dios parecerte.

martes, 25 de agosto de 2009

Nada,
caminas... y bajo tus pies no hay
nada.
arañas la tierra con tus manos
y no encuentras nada.
Estás sola,
el mundo ya no te mima.
No eres una piedra preciosa,
tan sólo una hormiguita.

lunes, 24 de agosto de 2009

Tu ausencia descompone mi alma
en mil trozos de angustia
no sé cuál de ellos mayor

trazos de tu recuerdo
prendidos en mi pecho
desafía aun hoy
al tiempo caminante

errando voy por el mundo
con tu imagen clavada en mi frente
sintiendo que en este camino
sólo encontraré la muerte

Nota

Querid@s lector@s, hasta hoy habéis podido leer algunos de mis Cuentos con ángel, en julio, y cuentos de las colecciones Cuentos hilvanados y ¿De qué hablamos? en agosto. A partir de hoy podréis comenzar a leer mis poemas, pertenecen a una recopilación que hice bajo el título A quien corresponda. Espero vuestros comentarios.

jueves, 20 de agosto de 2009

La forza del destino

A Cristina Trujillo y Assum Boix

El coche está parado a unos quince metros de distancia. Por la ventanilla abierta se escapa la voz de Micaela Carozzi interpretando La forza del destino. Durante breves instantes mi mirada se cruza con la mirada de la conductora del coche musical. ¡Qué envidia!, pienso, ir en tu propio coche escuchando una ópera. La mujer pronto esquiva mis ojos, supongo que incomodada, como si se sintiera descubierta in fraganti. Sí, soy colombiana, me digo a mí misma, pero no se avergüence, señora, o me avergonzará de serlo. Claro, no me escucha, está con su música y no puede adivinar mis pensamientos; ahora se entretiene observando cómo esa rubia tontea con ese viejo; ella debe ser treinta o treinta y cinco años más joven que él, y él treinta o treinta y cinco veces más bobo que ella: parece un crío, jugando a atrapar las manos de la chica, sonriéndose ante su buena suerte mientras ella le mete la mano en la cartera. Se alejan dando saltitos.
El semáforo se ha puesto en verde y la soprano se despide entre los multitudinarios aplausos del Monumental. Me he quedado sola de nuevo, me giro y leo:

Jardí
de
Dolores Ibarruri
Pasionaria
1990

Estoy en la Avenida de la Libertad. Por aquí no pasa nadie, bueno, hay gente que va y viene cruzando de un lado a otro de la avenida, pero no se detienen, quizá sea por el escaso alumbrado que ilumina esta zona. A lo lejos veo un grupo de hombres de tez morena charlando animadamente en uno de los bancos del jardín, marroquíes, supongo.
Un anciano se acerca paseando un perro enano y mascullando entre dientes, protesta por la presencia de los jodidos inmigrantes. Sí, buen hombre, jodidos sí que estamos. Su perro se detiene y él hace lo propio. En el suelo, una extensa mancha líquida queda como recuerdo del paso del animal. El anciano, hablándole al perro, promete llevarlo al día siguiente al veterinario, lo cual me recuerda que todavía no he sacado mi tarjeta médica.
Veinte minutos más tarde el nauseabundo olor de la diarrea del perrito comienza a revolverme el estómago. Espero que esta mujer no se retrase mucho más o vomitaré aquí mismo.
Un joven cruza como el aire y a punto está de tropezar con mis pies. Se detiene ante el paso de peatones y mira a ambos lados; no sé bien si quiere pasar a la otra acera o busca desesperado a alguien con la mirada; se da la vuelta y se dirige a mí apresurado.
- Tens hora?.
- Sí - le contesto –, son las once menos diez.
- Gràcies - dice él.
De vuelta junto al semáforo, comienza a andar nervioso de un lado para otro. Pasan cinco minutos y vuelve a acercarse a mí.
- Perdona, tens foc? – me pregunta con un cigarrillo en la boca.
- No, no fumo – contesto yo.
- Bé, no importa, gràcies – y, girándose, observa a la gente parada junto al semáforo.
Por fin se dirige a una chica. Ella viste ceñido, zapatos a juego con el bolso, y lleva un cigarro en la mano derecha.
- Perdona, tens foc? – demanda el joven mostrándole su propio cigarro.
- ¿Cómo? – dice la chica.
- No, nada, si tienes fuego.
- No – contesta ella que justo acaba de pisar su pitillo con el tacón.
- Genial! – protesta él visiblemente enojado.
En ese instante una sonrisa ilumina su cara. Una muchachita de ojos pardos se acerca a él y, acompañado de un efusivo abrazo, le da un beso en la boca.
Hace mucho que nadie me besa en la boca, recuerdo añorando a la persona amada que dejé en mi patria. Ti lascio, ahimè, con lacrime, dolce mia terra, addio; ahimè, non avrà termine si gran dolore! Addio.
Me pregunto si alguien aquí me ama, si alguien tan siquiera me estima. Vaya, ¿será esa la mujer que espero?

A toda prisa, una mujer cruza el paseo y camina en dirección al lugar donde me encuentro. Se detiene frente a mí, resopla y me sonríe.
- ¿Eres Victoria? - dice con una voz tan rotunda que casi no parece una pregunta.
- La misma – contesto yo -. Y tú debes ser Alicia.
- Sí – dice sonriendo mientras continúa resoplando, me tiende la mano y me da dos besos -. Chica, no llegaba, lo siento, pero es que voy súper liada. De veras, siento haberte hecho esperar. ¿Te apetece tomar algo: un café, un té, una copa?
- Sí, claro. ¿Dónde vamos?
- Donde quieras, es que por aquí yo no conozco ningún sitio que esté bien, pero si quieres podemos acercarnos a una tetería que hay por el centro y mientras vamos charlando.
- Bien – contesto, y hablando hablando comenzamos a hacer camino.

Llegando a la tetería, ya nos hemos puesto al día de nuestras respectivas situaciones laborales. Alicia es profesora de la Universidad, da clases de pedagogía y en sus ratos libres diríase que es una ONG en sí misma: defensa de la llengua, de las mujeres, del pueblo palestino, de la escuela pública, y del, llamemos, “ETC”, ya que el etcétera de su lista de defensas, apoyos y luchas es tan larga que se resume mejor así. ¡Esta mujer es la verraquera! Por mi parte, no me lleva mucho relatarle mi situación, ya que mi compañera de trabajo, que le limpia el despacho en la uni a diario, ya le ha contado lo que había por contar. A Alicia le cuesta creer que una profesora de literatura trabaje en el servicio de limpieza, pero claro, es que aquí yo no soy una profesora de literatura, soy una inmigrante colombiana y gracias, y digo gracias porque antes de ser “inmigrante” fui “ilegal”.
Alicia ha quedado conmigo para ofrecerme un empleo en la empresa de su esposo; algo relacionado con la hostelería y qué sé yo; un puesto de encargada. ¡Ay, mamita! ¿Y qué hago yo en la hostelería?
Después de algo más de una hora de plática sobre Gabito, Cervantes, Salgado, Sorolla, Piñón, Belli, Colombia y el poder, España y el poder, el mundo y el poder, le confieso mi afición por la escritura y ella a su vez confiesa ser un ratón de biblioteca. Me anima a escribir y promete ponerme en contacto con algún que otro amigo suyo que trabajan en revistas locales, para ver la posibilidad de publicar alguno de mis escritos.
- No te calles, Viqui. Nunca calles. Lo único que nos queda es la palabra y la protesta social pública.
Me gusta esta mujer, y yo parezco gustarle a ella. Está convencida de que soy perfecta para el empleo; no va a aceptar un no por respuesta y yo sería tonta si se lo diera.
Al salir nos despedimos con un fuerte abrazo y ella me da un beso en la boca que yo no rechazo.
- Sé fuerte – me dice.
- Tú también – le contesto.
- Nos vemos.
- Nos vemos.

En el camino hacia casa me detengo y contemplo cómo un perro lame las heridas de otro canino que yace en el suelo. Ya de vuelta en mi habitación pienso en todo lo acaecido esta noche y me felicito porque hoy mi destino muestra mejor color. Suerte tengo de no ser un perro; tengo que recordarlo para no dejarme atropellar.
No, amores, no me dejaré atropellar, porque antes de beber de mi sangre habréis de beber de mi tinta.

lunes, 17 de agosto de 2009

Los lirios

Don Rodrigo entró en el portal y desde allí lanzó un sonoro saludo a los que habitaban la casa. Había vuelto. Por fin había vuelto, pensaron todos, y salieron a recibirlo con los brazos abiertos esperando que él se los llenara de regalos.
- Hola pequeños - dijo a sus tres nietos que ya intentaban subírsele a las barbas -. ¿Habéis sido buenos? - preguntó obviamente sin esperar respuesta, puesto que ya les había llenado las manos de chuches que sacaba de sus bolsillos como quien saca conejos de un sombrero.
Cuando consiguió zafarse de los pequeños miró a Teresa.
“Hola Ica”, le dijo cariñosamente mientras se ponía rojo embargado todavía por la vergüenza. “Lo siento, cariño. Lo siento”. Teresa lloró. No podía soportar que su padre le pidiera perdón. Lo había deseado siempre, pero ahora no podía ver a aquel hombre, que siempre la atemorizaba con sus gritos, temblar como un niño corroído por el dolor y quién sabe si una vejez prematura.
Mientras cruzaban el patio los chiquillos no dejaban de gritar y tirándole de los pantalones intentaban ver los calzones de Don Rodrigo.
- Abuelo - decía Manu -, enséñanos tus calzoncillos.
- Sí, sí - coreaban los otros -. ¿Son de lunares o de flores?.
- ¿Te has traído los de margaritas, abuelo? - chillaba Rosa expectante.
- Sí, Rosa, los de margaritas - dijo el abuelo.
- ¡Bien! ¿Cuándo nos vamos al monte, abuelo?
- Tranquila pequeña, más tarde, más tarde.

Ya dentro de la casa, Teresa despachó a los críos de nuevo al patio y se sentó al lado de la mecedora de la abuela. Don Rodrigo preguntó:
- Ica, ¿por qué sigue esa mecedora junto a la ventana?
- Padre, por favor, no empecemos. Está ahí porque siempre fue su sitio.
- Ya lo sé, ¿pero le dais uso?
- Padre, por favor - repitió Ica con ojos suplicantes -. ¿Siempre tenemos que hablar de lo mismo?
- No, cariño, no. Pero algún día tendremos que hacerlo.

El conciliador tono de su voz hizo que Teresa comprendiera. Sí, probablemente había llegado el día de hablar. Lo habían postergado en tantas ocasiones que realmente ya no era capaz ni de recordar el motivo por el cuál se sentía tan dolida. Siempre que don Rodrigo regresaba a Los lirios, el tema era evitado por todos. Nadie nombraba a la abuela, todos encerraban el pasado bajo llave y por unos días descuidaban sus obligaciones hasta donde les era posible. Si don Rodrigo volvía a casa, la finca Los lirios debía lucir de fiesta, porque él no soportaba la tristeza y todos albergaban la esperanza de que un día se quedase para siempre.
De momento, parecía que el comienzo era alentador. En respuesta a la carta que Teresa le enviara un mes antes, se había disculpado y ella lo había recibido de buen grado; hacía tiempo que deseaba que su padre regresara para quedarse. Atrás quedaban las discusiones de la adolescencia y los regateos de la primera madurez. Teresa se había casado, tenía tres hijos y había sido capaz de sacar adelante la finca y la familia. Perdió a su madre, pero no veía el porqué no podía recuperar a su padre.

Los críos volvieron a entrar en la casa y tirando del abuelo consiguieron arrastrarlo hasta el portal. Se iban al monte. En una cesta la mestressa les había puesto naranjas para que engañaran el hambre hasta la hora del almuerzo. Teresa, todavía sentada, los observó marchar. Sabía que tenía que hablar con el abuelo. Sus nietos lo querían con locura y, aunque ella nunca hubiera sentido la admiración que ellos le profesaban, sabía que no era justo privarlos de tanta felicidad.

“A las dos se come en la casa”, ésta era la única regla que existía en la finca. El resto del día todo el mundo podía entrar y salir sin rendir cuentas, pero la hora de comer era sagrada, y pobre del que no estuviera a las dos sentado a la mesa, de modo que Teresa empezó a cortar las verduras para ir preparando la paella. Sentía mucho no poder hacerla de conejo, pero sólo quedaban tres en las conejeras y ya los tenía comprometidos: uno era para la maestra de los críos, se había portado muy bien aceptando dar clases a Rosa; otro era para el médico, por atender al pequeño Jorge durante la varicela la noche que le subió tanto la fiebre; y el último para el farmacéutico, que no había cobrado el medicamento.

Teresa salió a recoger lisones para la ensalada. Mientras cruzaba el patio miró a la ventana. Desde allí podía ver la mecedora de la abuela, llevaba nueve años vacía y así seguiría, como si el fantasma de su madre continuara ocupando su lugar y desde él pudiera observarla. Se dio la vuelta y siguió caminando. ¿Por qué se había ido su padre al morir ella?. Teresa había acusado mucho la falta de su madre, y su padre pronto se volvió un hombre oscuro y terriblemente gruñón. Un día anunció que alguien le había propuesto un negocio interesante en la ciudad y que se marchaba. Teresa protestó. ¿Cómo podía dejarla sola? ¿Qué ocurriría con la finca?. Ella no tenía hermanos y una mujer sola no podría sacar las tierras adelante. Pero si no sabía ni como iban las tandas del riego, ¿qué se suponía que debía hacer?. Mas aun así, don Rodrigo marchó y la dejó con la única compañía de la mestressa Soledad, una mujer tan solitaria como su nombre, pues carecía de familia y no tenía más amigos que los de la casa.
Soledad se había encargado de cuidar a la madre de Teresa durante toda su larga y penosa enfermedad. Teresa sólo tenía cinco años cuando su madre enfermó y diecisiete cuando murió, y aunque sabía que su padre nunca había sido especialmente cariñoso con ella, era consciente de que había estado ahí. ¿Qué haría cuando él marchase?
Pero lo cierto es que supo arreglárselas muy bien. Con la ayuda de dos buenos vecinos aprendió a llevar las tierras, y mientras ella ponía todo su empeño en que la finca no se viniera abajo, la mestressa se encargaba de las faenas de la casa, de la comida de los jornaleros y de bajar al pueblo para hacer la compra. Teresa pronto se casó con uno de los temporeros que recogían granadas y a los diez meses de casada tuvo a Manuel. Fue entonces cuando don Rodrigo volvió por primera vez a la casa. Hasta entonces ella le había escrito con frecuencia informándole de cómo iba todo, pero él no se había dignado a contestar y las únicas noticias que recibía se las daba don Uberto, el socio de su padre, cuando iba al pueblo a visitar a sus familiares.
Cuando Don Rodrigo fue a ver al pequeño Manuel, Teresa supo que todavía quedaba una posibilidad de que su padre regresara, y por eso, pese a que don Rodrigo sólo visitaba Los lirios tras los alumbramientos de su hija, y en los aniversarios de la muerte de su madre, ella seguía escribiéndole puntualmente cada vez que ocurría un suceso importante en la finca o en el pueblo.
En su última carta le había pedido que por favor regresara para quedarse. Era la primera vez que lo hacía, pero ya no podía soportar por más tiempo esa separación forzada por Dios sabe qué motivo.


Don Rodrigo empezó a pelar una naranja. Primero, con su cuchillo, peló los cascos por arriba y por abajo, después fue haciendo cortes como meridianos de un casco al otro y por último hundió sus dedos para ir arrancando la piel a trozos.
- ¿Quieres, Jorge? - dijo al pequeño que se encontraba a su lado mientras sus hermanos corrían monte arriba y monte abajo
- Vale - contestó el niño, y enseguida se metió un gajo a la boca -. ¡Ugh! - hizo un guiño como si estuviera amarga.
- ¿No está buena?
- Sí, pero es que llevo regaliz en la boca y sabe rara – contestó Jorge.
- ¡Condenados críos! ¿Para qué comeréis esas porquerías que sólo quitan el apetito?
Jorge empezó a reírse del abuelo. ¿Porquerías? Si el abuelo mascara regaliz en lugar de tabaco seguro que no pensaría así, y corriendo fue a buscar a sus hermanos para contarles lo tonto que era el abuelo.

Don Rodrigo se quedó sólo comiendo su naranja. En ese monte había conocido a Teresa, su mujer. Todos los años la veía allí el lunes de Pascua. Ella venía de la ciudad a visitar a sus primos del pueblo y ese día siempre iban al monte a comer la mona. ¡Qué ricas estaban las monas que hacía la abuela!, recordó. Cuando la conoció también ella estaba rica, rica de mona y rica de dinero, pero sobretodo de mona, se dijo para sí.
Tenía unas piernas fantásticas, largas como días de verano y fuertes como tormentas de abril, aunque eso lo supo algún tiempo después, cuando pudo escurrirse entre sus faldas y bucear entre esas piernas, antes del matrimonio prohibidas. Cuánto la echaba de menos, casi tanto como a Ica.
Ica nunca había comprendido que él se marchara a la ciudad; que saliera huyendo del dolor, porque, eso sí, él era consciente de que había salido huyendo, pero qué podía hacer. Aguantó mientras Teresa vivía con la esperanza de que un día se recuperara, pero cuando ella murió, supo que debía contar a Ica lo ocurrido antes de que otros lo hicieran por él. Ica ya era mayor, estaba a punto de cumplir los dieciocho y debía haberlo sabido todo antes, pero don Rodrigo sentía que si le contaba la verdad ella no le creería, de modo que por cobardía se marchó.
Ahora Ica tenía veintiséis años, un marido trabajador que la quería y tres niños preciosos que la adoraban. En definitiva, familia suficiente para sentirse querida y acompañada, y en cambio seguía escribiéndole a menudo. ¿Cómo podía seguir preocupándose por él que la había abandonado cuando más falta le hacía?

Cuando los tres chiquillos llegaron a su lado, el abuelo temblaba como una hoja.
- ¿Estás bien, abuelo? – preguntó el mayor de sus nietos.
- Sí pequeño, sí. Habré cogido frío. ¿Nos vamos?
Sí, contestaron en silencio asintiendo con la cabeza, y cogiendo las bicis emprendieron el camino de vuelta a la finca.


La mestressa estaba poniendo la mesa cuando Teresa se acercó a ayudarla.
- Soledad, ¿sabe usted de qué intenta hablarme mi padre siempre que viene a casa?
- No, Teresa. No lo sé.
- Es que parece que quiere comentarme algo, pero nunca lo hace.
- Y si tanto le preocupa, ¿por qué no le pregunta usted de qué se trata?
- Pues...no sé – dijo Teresa comprendiendo.
- A lo mejor es que usted ya sabe lo que le quiere decir y no le interesa oírlo, ¿no? – dijo la mestressa arriesgando.
- No – se azoró Teresa -. No sé lo que me quiere decir, así que no puedo saber si me interesa oírlo o no.
Teresa sabía que sus palabras no eran ciertas. Le daba mucho miedo lo que su padre pudiera tener que contarle. Tenía miedo de saber por qué se había marchado. Tenía miedo de que le dijera que había sido una mocosa estúpida e impertinente, que no la soportaba, que se había marchado porque no la quería, porque no quería ni a ella ni a su madre. ¡No!, pensó. Eso sí que no, a su madre sí la había querido, por eso estuvo a su lado hasta su muerte. Era a ella, a su Ica, a quien no quería. ¿Cómo iba a desear oír eso? Estaba claro que nunca le preguntaría nada a su padre. Era cierto lo que la mestressa había dicho: ella no quería escucharlo.
- ¿Ha pensado usted que su padre no le haría nunca daño? – dijo la mestressa.
Pues no, justamente eso no lo había pensado, y de hecho en ese momento pensó algo más parecido a: “¿Pero qué dice esta mujer? ¿Acaso se ha olvidado de que me abandonó?”. Pero se mordió la lengua y calló.
- Él nunca le diría nada que pudiera herirle – continuó Soledad.
Y entonces Teresa contestó mintiendo.
- Lo sé. Es mi padre, ¿no? – observó con tono rudo, y dicho esto salió de la habitación.

Soledad se quedó congelada. A veces se preguntaba si Teresa sabría algo o nada de lo ocurrido entre sus padres el día que su madre tuvo el accidente. Era muy fácil que alguien del pueblo le hubiera contado. Ya se sabe, en los pueblos todo el mundo anda con chismes, y la preocupación cristiana a veces es tal, que abarca hasta los secretos mejor guardados.
Al momento Teresa volvió a entrar en la sala y colocó la ensalada en el centro de la mesa.
- Soledad, he estado pensando que deberíamos arreglar la mecedora de mi madre; de tanto darle el sol por la ventana se ha envejecido mucho.
En ese momento la mestressa se desplomó en el suelo comenzando a llorar.


Manuel llegó el primero, como siempre, dejó la bicicleta en el patio y corrió a esconderse para dar un susto a sus hermanos. De pronto vio salir a su madre con la mecedora de la abuela en la mano. ¿Dónde la llevaba? Manuel sólo tenía siete años, pero sabía que, desde que podía recordar, la mecedora siempre había permanecido en el mismo sitio, pegada a la ventana de la sala de estar. Su madre le había contado que cuando la abuela quedó tetrapléjica y perdió el habla tras caer por las escaleras de la casa, el abuelo decidió sentarla allí todos los días para que por lo menos pudiera distraerse con el movimiento de la gente entrando y saliendo. Un día la abuela desapareció, pero la mecedora quedó allí. Ahora su madre llevaba la mecedora hacia el estercolero y Manuel la seguía a cierta distancia.
Desde las cuadras observó como su madre cubría la mecedora de broza seca y le prendía fuego. Manuel no podía creer lo que estaba viendo. Durante un buen rato sintió que un grito le estrangulaba la garganta y creyó que moriría asfixiado. Su madre lloraba en silencio mientras contemplaba arder sus recuerdos.


Manuel se agazapó entre los animales y permaneció allí llorando hasta que oyó que lo llamaban para comer. Había oído cosas en el cole, cosas horribles sobre su abuelo y su abuela. Él se lo había contado a la mestressa, pero ésta le había dicho que los niños malos siempre inventaban historias. Ahora sabía que eso no era verdad y pensó que quizá “los niños malos” tenían razón. Ellos le habían dicho que su madre era hija de su abuela pero no de su abuelo y que, cuando su abuelo se enteró, se enfadó tanto que tiró a la abuela por las escaleras.
Manuel no tenía hambre, pero sabía que su madre se enfadaría muchísimo si no aparecía pronto, así que se fue incorporando hasta que Soledad que lo andaba buscando le vio la cara.
- ¡Pero serás sinvergüenza! - dijo apresuradamente, aunque pronto se dio cuenta de que el niño estaba llorando.
- ¿Se puede saber qué te pasa? - preguntó todavía alterada.
Manuel le contó lo que había visto hacer a su madre y la llamó mentirosa por no decirle que lo que contaban sus compañeros era verdad. Soledad sintió que se descomponía por segunda vez en ese día, se sentó en el suelo y le habló.
- Manuel, tú eres muy pequeño para entender lo que pasa.
- Yo no soy pequeño - replicó Manuel - y tú eres una mentirosa - le espetó de nuevo.
Soledad se armó de valor y se dijo que tal vez debía intentar explicar lo sucedido.
- Manuel, lo único que hay de cierto en lo que te han contado es que tu abuela cayó por las escaleras. Tu abuelo la quería mucho y por eso siempre estuvo con ella durante su enfermedad, pero tenía miedo de que tu madre oyera las barbaridades que has tenido que oír tú y que creyera a la gente y no a él, por eso se marchó tras la muerte de tu abuela, tu madre había crecido y tu abuelo tenía miedo de contarle la verdad.
Soledad no tenía la certeza de que el chiquillo la estuviera entendiendo, pero al ver que éste se tranquilizaba a medida que ella le iba explicando, continuó.
- Ya ves, él tenía miedo de que tu madre lo odiara y tu madre tenía miedo de que él no la quisiera. Por eso tu abuelo ha venido tan poco; se sentía culpable de lo que no había hecho. Y por eso tu madre nunca dejó de escribirle; se sentía culpable si dejaba de hacerlo.

Manuel no entendió mucho de toda aquella historia de culpables e inocentes, de verdades y mentiras, de propósitos y despropósitos, de querer y no poder, pero se prometió que cuando fuera mayor volvería a preguntar sobre el tema.
Mientras se dirigían al interior de la casa, Manuel, que todavía no se había hecho mayor, seguía sintiendo el aguijón de la duda y preguntó.
- Soledad, ¿y la mecedora?
La mestressa lo miró incrédula. ¡Demonio de crío! ¡Qué manía tenía de investigar! Pero de todos modos le contestó.
- Lo que para tu madre sólo era un recuerdo, para tu abuelo era un signo de rencor.

Manuel se quedó tal cual estaba, en su inocencia todavía no entendía lo que era el rencor, pero si lo habían tirado al fuego, seguro que no podía ser nada bueno.



Agradecer la imagen a Gloria Lizano http://glorializanolopez.blogspot.com/

martes, 11 de agosto de 2009

Cierra los ojos


" Cierra los ojos es, además del título, el consejo que doy al lector de este relato.

Si consigues que alguien lo lea para ti, prescindir de la vista te ayudará a vivirlo."

Foto de Francesc Xavier Badia: Eclipse solar

¿De qué color son sus ojos? Esa era la pregunta que me formulaba cuando comenzó mi horror; la cuestión en el instante en el cual la luz se apaga, y el espacio, que todavía no había tenido tiempo para inventariar, queda a oscuras. Fue algo así como una explosión, como el estallido de una bombilla en plena cara multiplicado por el miedo a lo desconocido. Recuerdo que dejé escapar un grito y que su mismo sonido me asustó haciendo que otro más le siguiera. Me tapé la boca con una mano, cerré los ojos, que nada veían, y apreté mis labios bajo la palma tratando de evitar un nuevo alarido que delatara el miedo injustificado. Deseaba con todas mis fuerzas que él no hubiera llegado a escuchar las voces, pues temía que viniera a buscarme.
Escuché mi respiración, tan agitada como mi pulso, rítmica y acelerada, inspirando y expirando por las fosas nasales con el vano propósito de pasar inadvertida. Intentaba calmarme.
Una vez mi ritmo cardíaco comenzó a normalizarse, me dispuse a buscar la puerta y salir de allí de la forma más airosa y digna que me fuera posible. Pero no me fue posible.
Girando sobre mis pasos, avancé apenas medio metro antes de recibir un fuerte golpe en la frente y precipitarme de espaldas al suelo. Desperté dolorida, todo mi cuerpo se lamentaba de la brutal caída y sobre mi cabeza algo parecido a un imán me mantenía pegada al suelo como si éste fuera una fría plancha de hierro. Sí, recuerdo que el suelo estaba frío, terriblemente frío. Me sentía mareada y, pese a que la visión me estaba negada por la más profunda oscuridad, habría dicho que todo daba vueltas alrededor mío, pero no lo dije. En esos momentos no dije nada. No llamé a nadie. No pedí auxilio, porque todo aquello me pareció estúpido desde el principio hasta el final: el cómo me había dejado convencer para salir de fiesta con unos desconocidos era algo realmente estúpido; el lugar y la posición donde me encontraba eran estúpidos; las risas que llegaban a mis oídos seguramente eran estúpidas; y con toda certeza, yo era lo más estúpido del momento, allí tirada sobre el gélido suelo en medio de la nada y con la sangre manando de mi frente.
Fueron esos pensamientos los que me hicieron caer en la cuenta de que, efectivamente, de mi frente hasta mi nuca un surco caliente y húmedo me bañaba. Primero pensé que no podía ser nada importante, pero al instante comprendí que, en mi caída, debía haberme golpeado cerca de la nuca y que quizá no podría moverme. Para mi sorpresa, logré llevarme la mano izquierda allí donde había recibido el primer choque y sentí el untuoso líquido que derramaba mi cuerpo mojando mis dedos.
Cierro los ojos y estoy allí. Mi cuerpo yace inmóvil, la oscuridad ocupa todo el espacio. Intento pensar, decidir si debo llamar a alguien para que me ayude, pero seguramente en medio del jolgorio nadie me oiría y no me siento con fuerzas. Bajo mis párpados la oscuridad cambia de color poblándose de figuras fantasma que modifican su forma a la menor presión interna o externa. Están allí, zarandeando mi mente, como una pandilla de divertidos ocupas jugando a derribar la puerta de la casa ajena. El espacio cada vez se vuelve más frío y siento que mi cuerpo se atiere. Ellos siguen allí. No quiero abrir los ojos por miedo a que me abandonen. Los fantasmas me hacen compañía y presiento que el peso de la nada puede ser mucho más oprimente. Tengo que pensar. Tengo que buscar una salida. Abrir los ojos hasta que se acostumbren a la falta de luz, por tenue que sea, siempre podrá guiarme un poco. Recuerdo que hay un pequeño ventanuco cerca del techo, de esos que hacen las veces de lucerna o respiradero, por ahí debe entrar algo de claridad.
Abro los ojos y mi nariz parece despertar en ese momento, percibo la humedad del espacio y algo más profundo, un olor rancio a madera podrida encubierto por la fuerte sensación acuosa que casi se puede palpar. A medida que mis pupilas se acomodan a la situación, mis oídos también se aguzan hasta percibir lo imperceptible. Primero, un ligero y lento goteo me reafirma que sigo en el mismo lugar, que nada ha cambiado de sitio, pero el insistente sonido comienza a clavarse en mi oído como un fino alfiler abriéndose paso hasta perforarme el cerebro. Intento olvidarlo, pensar en otra cosa, cuando siento que algo muy pequeño ha rozado mi muslo, entonces cierro las piernas con toda mi fuerza por temor a que aquella cosa se cuele bajo mi falda; aprieto las mandíbulas y mi cuerpo se tensiona hasta el punto de notar todos y cada uno de los músculos que lo componen. Me pregunto qué ha sido eso. Siento asco, una terrible repugnancia que me paraliza. Pienso en mi cabeza sobre un charco de sangre, en aquel ser diminuto oliendo mi herida, quién sabe si bebiendo de ella, quién sabe si atrapado en la pegajosa sangre cuajada por la frialdad del suelo o si resbalando sobre el líquido abundante hasta ir a enredarse en mis cabellos. No, no quiero pensarlo. De pronto, un sonido agudo y estridente parece provenir de algún punto a mi izquierda. Sea lo que sea, aquello que lo produce está atrapado. Escucho. Parece el chirrido de una pequeña y mal engrasada tuerca girando repetidas veces y rezo para que eso no se me acerque. Creo que está tras una de las pequeñas puertas. Por favor, por favor, suplico, que no se acerque. El sonido cesa, pero puedo imaginar esa cosa, ese animalejo, buscando un modo de llegar hasta mí, dando vueltas en su pequeño encierro para acercarse a compartir el mío. Me gustaría morderme las uñas, pero temo moverme, siento que con mi movimiento podría despertar todo aquello que vivo o muerto habita en este espacio. Cierro los ojos y saludo a los fantasmas.
Después de cierto tiempo manteniendo la misma posición, termino de entumecerme. Sé que si algo me obligara a salir corriendo sería imposible que mis nervios respondieran a la orden. ¿Qué hacer? Tengo sueño. Tengo miedo y tengo sueño. Llevo demasiado tiempo aquí encerrada y siento que me debilito. El goteo continúa martilleando mi cabeza. Debo dejar de escucharlo y definitivamente moverme, lentamente, pero moverme.
No puedo. ¡No puedo! Creo que me quedaré aquí, inmovilizada por el pánico absurdo a todo lo que no veo, pero que presiento. Y presiento un cuerpo, una forma deforme que se acerca a mí para olerme. Con su nariz dibuja mi contorno siguiendo el rastro del calor que desprendo. No le gusta la sangre. Le gusta mi cabello, pero no el olor a sangre, de modo que lo roza suavemente y sigue bajando sobre mi rostro. Sé que está muy cerca, puedo sentir su respiración deteniéndose para disfrutar mi perfume antes de seguir bajando. Creo que va a tocarme. Adivino sus brazos rodeando mi cuerpo y me encojo todavía más. Cierro los ojos buscando un alivio, los aprieto, y también mis labios, y mis puños, y mi vientre, y mis piernas. Quiero que desaparezca o desaparecer, pero él sigue bajando y ahora se detiene en mi sexo. Sé que lo está oliendo. Sé que lo saborea. Deseo morir.
En ese momento alguien toca en la puerta. Están llamándome. Es él, el chico a quien apenas conozco y que tanto me gusta. ¿De qué color son sus ojos? Esa era la pregunta que me hacía frente al espejo antes de que se fuera la luz del baño. Ante mi largo silencio, entra y busca el interruptor. La luz no se enciende y él tropieza con mis pies. Se asusta. Me llama. La falta de respuesta lo angustia, siente pánico y regresa con los otros dando voces. Ahora el cuarto de baño es un goteo de gente entrando y saliendo, ya no puedo oír el discurrir del grifo, pero alguien al lado de mi oído pisa una cucaracha que no ve. Es imposible no distinguir su crujido cuando lo tienes tan cerca. Es espeluznante. Entonces él se acerca y enciende un mechero, la luz ilumina su cara y yo busco el color de sus ojos.
Sus ojos son negros. Ahora todo es negro. Mañana también lo será.


Foto de Francesc Xavier Badia

domingo, 9 de agosto de 2009

La consulta

Al CIO, con afecto


- Pues verá doctor, lo cierto es que hasta hoy a mí nunca me habían dolido las rodillas. Pero llevo un par de años que es que cada día me molestan más, y sabe qué, pues que ya no lo soporto, y me he dicho, pues mira, creo que va siendo hora de ir al médico, porque mire usted, yo he aguantado todo lo que he podido, pero es que ya no puedo más.
- Ya veo. Pues tenía usted que haber aguantado menos y haber venido antes.
- ¿Antes, cuándo?
- Cuando comenzó su dolor.
- Ah, no, pero si yo hasta ahora lo podía llevar, sabe. Si tengo yo un aguante que ya quisieran otros, pero es que lo de ahora es insufrible.
- Me imagino, si dice usted que lleva sintiendo molestias desde hace dos años, es normal.
- Pues la verdad, no creo que pueda usted imaginárselo, porque yo no sé si a usted le ha dolido algo alguna vez, pero este dolor es una cosa así como que no tiene nombre, sabe?
- ¿Y le duele el músculo o el hueso?
- Pues yo creo que todo, porque es que es algo como por dentro. Que no es el hueso y tampoco es el músculo, pero que es todo, porque la verdad es que me duele.
- Sí, creo que sé de qué me habla. Y mi consejo es que, aparte de hacer algunos ejercicios que seguidamente le explicaré, debe usted ir pensando en perder peso.
- ¿Perder peso? Uf, usted no sabe las veces que lo he intentado yo, pero es que no hay forma. Empiezo un día el régimen y al día siguiente lo dejo. Y así una y otra vez, una y otra vez.
- Bueno, quizá no estaba usted suficientemente motivada, pero ahora tiene un buen motivo, su salud.
- Ay mi salud, si yo le contara. Si llegué a comprarme dos vestidos para la boda de mi sobrina, porque yo era la madrina, todo hay que decirlo. Y claro, como el primero me lo compré cuatro tallas más pequeño confiando en que adelgazaría para la boda, y luego no sólo no adelgacé sino que engordé dos quilos más con tanta tontería de la dieta del melocotón, y de la dieta del yogur, y de la dieta del comer lo que quisiera pero cuando tocaba; pues claro, al final, lo que yo le digo, que me tuve que comprar otro vestido. Vamos, que mire usted si estaba yo motivada esa vez, porque anda que los trajes de boda no cuestan, y no hubo forma, y quiere usted que adelgace yo por mi salud. Pues lo veo difícil, oiga. La verdad, siendo realista.

- Pues siendo realista, tengo que decirle que si usted no hace un esfuerzo por adelgazar y, por supuesto, adelgaza; veo complicado dar solución a su problema. Pero en fin, si al menos hace usted los ejercicios que le voy a explicar, tal vez sus molestias remitan un poco.
- ¿Ejercicio? Ay, doctor. Con la edad que yo tengo no me pida que haga ejercicio, porque entonces sí que me mata.
- Pero señora, entonces no veo la manera de ayudarla.
- Mira que lo sabía yo, con esto al final me va a pasar como con mis hijos, que empiezan dando un poco la lata y al final no hay quien los gobierne, y hala, al final cada uno a hacer lo que le da la gana, y es que una no puede con ellos. Ya ve, uno estudiando música y la otra que quiere ser escritora. Lo que yo le diga, al final lo que les da la gana. Dos muertos de hambre es lo que van a ser por no hacerle caso a nadie. Y mire que yo fui a una psicóloga a pedir consejo y todo, ¿y sabe lo que me decía?, pues que los dejara hacer, que tenía que darles más autonomía, más libertad. ¿Libertad? Libertinos es lo que son los dos. Dos muertos de hambre es lo que van a ser, y más ahora que se han independizado. Como si me hubieran cortado un miembro me siento yo ahora, pero ellos ni se inmutan. Les importa un comino lo que le pase a su madre. Lo que yo le diga.
- Sí, claro, si usted lo dice. Pero volviendo a su problema en las rodillas.
- Pues eso, que tengo unos dolores agudísimos, y que si usted sabe cómo quitármelos, pues yo se lo agradezco, porque es que ya no sé qué hacer.
- Verá, en esto de los dolores pasa como con los hijos, que a veces uno no sabe qué hacer con ellos hasta que hay que amputar, y claro, antes de llegar a eso, o se pone remedio o la cosa se pudre sola, y entonces ya no hay excusas que valgan. No sé si me explico.
- Se explica, se explica. Aunque no veo yo qué relación tienen mis hijos con mis rodillas, pero si usted dice que hay que amputar, pues habrá que resignarse. Amputamos y listo. Jamás se me ocurrirá a mí contradecir lo que tenga que decir un profesional. Pues no soy yo obediente ni nada.

jueves, 6 de agosto de 2009

La Puerta Falsa

Eran las diez menos cinco en su reloj de pulsera cuando levantó por primera vez la vista del libro. Media hora esperando y Luis no aparecía. Decidió que sólo aguardaría cinco minutos más. Habían quedado en La puerta falsa para tomar algo antes de decidir qué película irían a ver, pero ya estaba bien. Siempre le hacía lo mismo, quedaban a una hora, a la que a Luis le viniera bien, y al final siempre tenía que esperarle. Luis era el colmo de la impuntualidad y decidió que si no llegaba a tiempo iría al cine sin él, aunque eso le supusiera sentir cierta incomodidad, pero en ningún caso le esperaría más de esos cinco minutos.
En ese momento un camarero subió al escenario y anunció que la actuación iba a comenzar. ¡Mierda!, se dijo para sí. Había pasado todo el tiempo leyendo y no se había dado cuenta de que el local se había ido llenando. Ahora le cobrarían más por su consumición, y todo por escuchar a un músico que se prostituía en los cafés y que seguramente no le agradaría lo más mínimo.
Sobre la tarima de madera solamente estaba el piano que con frecuencia Luis solía tocar cuando había poca gente y el ambiente era familiar. En un primer impulso decidió levantarse y salir de allí, pero se controló, había decidido esperar y, aun a sabiendas de que lo hacía por no tener bronca con él, esperó.

Cuando apareció el pianista, le extrañó que su atuendo fuera de concierto clásico, de hecho ya le había extrañado que en el escenario no hubieran micros, una batería, un amplificador y, en definitiva, cualquier otro indicio de que el pianista tocaría acompañado o acompañando a algún otro instrumento o voz. Únicamente había visto una preparación similar del escenario en una ocasión, cuando actuó Tete Montoliú y, claro está, cuando subían espontáneos como Luis.
El pianista venía de Budapest, habían anunciado. Budapest, pensó con nostalgia, y deseó con todas sus fuerzas que fuera de la escuela de Géza Anda.
Tamás, que así se llamaba el joven pianista de expresión seria y gesto firme, saludó con una leve inclinación de cabeza al público, se acomodó en el taburete y comenzó a tocar.
¡Chopin!, escuchó. ¡Aquél pianista estaba tocando Chopin en un bar!, se indignó; y para más inri, uno de sus estudios favoritos, el número 9 del Op. 10. Aquél estudio le traía grandes recuerdos de su época de estudiante en el conservatorio, más aún, aquel estudio hizo que se enamorara de Luis, entonces su profesor de piano, cuando todavía no tenía 12 años y aun tardaría algunos más en ser capaz de tocarlo. De pronto se sorprendió divagando por sus recuerdos. No estaba escuchando la música.

Bajó de las nubes y se acomodó en su asiento apoyándose contra la pared. Realmente aquel chico tocaba muy bien. Acabado el estudio inició un preludio del Op. 28, no supo decir cuál, un tempo Sostenuto, y dedujo que Tamás no debía hablar nada de español, porque no presentaba ninguna de las obras y tampoco el camarero lo había hecho. ¿De dónde habrían sacado a aquel muchacho? Parecía no tener más de 20 o 21 años y en cambio tocaba el piano con la sabiduría de un anciano y el talento de un genio. Acariciaba las teclas como se acaricia al cuerpo amado y adormecido, con cuidado de no despertarlo, con adoración, con una delicadeza infinita y casi dolorosa por imperceptible. Entonces deseó ser aquel cuerpo, deseó que aquellas manos resbalaran por su piel y se sintió vibrando como una cuerda más, entregada el alma a la música. Aquel muchacho le estaba haciendo el amor y su cuerpo se dejaba hacer. Se había convertido en una hoja en manos del viento, en un ser inerme que vagaba de una nota a otra deteniéndose en todas ellas. Cada sonido era su posada, su retiro, su sustento, su alimento para no desfallecer, para no abandonarse a aquel susurro de maestro hipnotizador. Sintió que moriría si Tamás no dejaba de tocar y deseó esa muerte con la seguridad de que no hallaría otra mejor.

Cesó la música y despertó de su letargo. En ese momento odió cuanto le rodeaba por el mero hecho de estar allí. Pensó que debía salir de aquel sitio lo antes posible. No soportaría estar en la antesala de la muerte más de una vez en el mismo día y no dudaba que aquel pianista podía arrastrarle de nuevo allí, mas el deseo le ataba a aquel lugar. No podía moverse, no quería. Intentó buscar un hueco en su mente donde cobijarse, su recuerdo más feliz, y pensó en Liszt.
Más que nada en el mundo adoraba a Liszt. Su Sonata en
Si menor era su mejor recuerdo. Cuando sentía próxima la soledad, cuando rozaba el rencor, cuando el odio le hacía un saludo o le invitaba a salir a bailar, escuchaba Liszt. Fa#fa#fa#fa#fa#-MireSol-Fa#fa#, canturreó para sí,... Solsolsolsolsol-FamiDo#... de pronto la melodía quedó suspendida en el aire interrumpida por el ataque de un duro acorde en Si menor. ¡No!, pensó. No podía ser cierto. Sonaba Liszt.
Por un instante creyó desvanecerse. Aquello era demasiado. Un azote de cólera invadió su espíritu y ansió poseer a aquel pianista, someterlo y destruirlo. Pero la música era más fuerte que sus intenciones, de modo que pronto sucumbió a la armonía menor y dejándose arrastrar de nuevo por las notas inició un nuevo viaje: el viaje de la pasión.

Tamás deslizaba sus dedos por el teclado con total impunidad. No podía creerlo, los sentimientos que le unían a aquel joven eran más fuertes de lo que jamás había llegado a sentir por ningún otro hombre o mujer. Le azaró la terrible necesidad de abrazarlo, de besarlo, de estrujarlo hasta que dejara de respirar, de hacerlo suyo sin paz ni tregua. Quería arañar su cuerpo, pero no deslizándose como la dulce araña de Neruda, sino más bien como lo haría la fuerte garra de un león. Dejarle una marca de la que nunca pudiera desprenderse, una marca que le uniera por siempre a su pasión por Liszt.
Una tras otra las notas del concierto avanzaban hacia la cadencia, el éxtasis,... la muerte segura.

En ese momento Luis apareció ante sus ojos: ¿Nos vamos, Fernando?, y toda la magia se rompió.