lunes, 20 de julio de 2009

Érase una vez... un cuento

Para Sara Illán y Pedro Casablanc
en el día de su boda

Érase una vez una princesa cuyo único reino se limitaba al espacio de su corazón. Para fortuna e infortuna suya, la delfina veía acosado su estado por cuatro pretendientes de procedencia y caracteres bien diferentes, pero todos ellos tan bellos y virtuosos que no sabía ante cuál firmar la rendición. Así pues, como en toda historia real que se precie, la princesa decidió poner a prueba a los pretendientes con el fin de escoger a aquel más idóneo para compartir su vida y sus sueños.
La prueba consistió en lo siguiente: la joven recibió uno a uno a los interesados en los jardines de palacio, y a todos ellos hizo la misma propuesta.
- He aquí dos tarros de cristal, uno grande y otro pequeño. Debéis escoger uno de los dos y dispondréis de tres meses para traerme un presente capaz de conquistar mi corazón. Debéis saber que en ningún caso seréis recibido antes de pasados los tres meses, pues todos debéis gozar de las mismas condiciones.
Pobre princesa, “de las mismas condiciones” había dicho, como si aquello fuera posible.
Pero fue así que el primero de los jóvenes optó por un tarro enorme pensando en las que él siempre había considerado sabias palabras de su madre: “burro grande, ande o no ande”. Y hecha su elección partió rumbo al norte.
El segundo de los pretendientes prefirió el tarro menor, por aquello de “el valor de las pequeñas cosas”, y partió hacia el Sur.
El tercero escogió, al igual que su predecesor, el tamaño del tarro; ya se sabe, pensó, “las grandes esencias se guardan en frascos pequeños”, y se sonrió contento de su agudeza y de sus profundos conocimientos en materia de cultura popular. Éste partió hacia el Oeste.
El cuarto, por fin, eligió un tarro grande, vaya usted a saber por qué, y partió hacia el Este.

Pasado el tiempo estipulado para la conclusión de la prueba, tres de los pretendientes se encontraban ya en disposición de ser recibidos, pero el que faltaba faltaba, por lo que durante tres semanas más del tiempo previsto, los pretendientes debieron esperar a las puertas de palacio la llegada del tercero de ellos, pues la preocupación de la princesa ante la desaparición de éste era tal, que no se sentía con fuerzas para recibir a los otros sin antes averiguar algo que indicara que el tercero había abandonado o que, al menos, se encontraba bien. Finalmente la princesa, no pudiendo prolongar más la espera, recibió juntos a los pretendientes que restaban.
- No hallamos explicación a la desaparición del tercero de los pretendientes. Y viendo que se prolonga y a la vez se hace injusta la espera para vosotros, he decidido recibiros y tomar así mi decisión. Podéis acercaros con vuestros presentes.

El primero de los pretendientes se acercó a los pies de la princesa, dirigió su mirada al suelo y con gesto humilde puso ante ella el enorme tarro que había elegido.
- Aunque un frasco grande elegí, me ha resultado dificultoso hallar aquello más apropiado para alcanzar vuestros favores. Por momentos pensé en llenarlo de riquezas que cegaran vuestros ojos, pero rápidamente desistí de mi idea, pues no esperaba de vos un ser capaz de ser conquistado por los lujos que anhela la avaricia. Más tarde valoré seduciros con las palabras más sabias y bellas que en el mundo habían sido pronunciadas, pero también desistí de ello, convencido del engaño que a veces ocultan las promesas. Finalmente opté por buscar algo que representara el valor de la tierra en la que vivimos y que deseo podamos compartir; por ello resolví regalaros los cinco elementos que la componen en este frasco que ahora os entrego.
El tarro de vidrio que le fue dado, ahora era un bello acuario lleno de peces color de plata. Así el pretendiente conjugó tierra, fuego, agua, madera y metal en un solo presente. Nada nuevo, pensaron los orientales, pero el regalo entusiasmó a la dama haciendo que latiera más aprisa su corazón.
La ceremonia debía continuar, y así fue que el segundo aspirante a amado se acercó y arrodillándose ante la princesa, fue tanta la intensidad que puso en su mirada, que ella sintió temblar sus rodillas y observó cómo su mente olvidaba todas las palabras conocidas, de tal modo que, aunque no logró comprender el discurso del segundo pretendiente, su espíritu quedó atrapado por él.
¿El regalo? ¡Ah, sí! En el pequeño frasco que había sido elegido, la princesa halló una minúscula semilla negra. Él había dicho algo sobre los frutos que juntos cosecharían. Nada nuevo, pensaron los africanos.
A continuación hizo su entrada en escena un amigo de la princesa (sentimos decepcionar a aquellas personas que esperaran un súbdito).
- Lamento comunicarte, querida amiga, que por más que nos hemos esforzado en buscar al tercero de tus pretendientes, no hemos hallado ni rastro de su sombra.
Entre los presentes se agitó un coro de risas. Nada nuevo, pensaron los europeos.
Así que la princesa, aunque molesta por el abandono, continuó su ronda de recepciones.
El cuarto de los pretendientes fue el más osado de todos, pues acercándose a la muchacha hizo que ésta se levantara reteniendo sus manos entre sus manos. Del susto, ella miraba hacia el suelo y apenas si lograba respirar.
- Mírame –dijo él con voz firme y dulce-. Cuando salí de tu palacio, mi cabeza estaba confusa y azarada; mi corazón enamorado y asustado; mi vientre hecho un nudo de pensamientos; mis pies temerosos de caminar. Sentí que un viaje podría alejarme de mis sentimientos o bien ratificarme más en ellos, pero tenía la certeza de que nada en esta vida podría separarme de ti.
Corta el rollo, pensaron los americanos.
- Tú quisiste ponernos a prueba, era de justicia que quisieras conocernos aunque yo bien no me conozca, por eso es que en este tarro te entrego la que considero mi única posesión. Aquí tienes el principio de mi amor.
La princesa observó el tarro que a ojos luz parecía vacío. “El principio de mi amor”, había dicho él, y ella lo eligió.

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