sábado, 25 de julio de 2009

Autorretrato II

La espiral busca su centro; crece hacia el principio y aspira a no perderse en el camino de propagación exterior que le es propio. Como una génesis que no encuentra reposo ni agua que la sacie, de oasis el mundo lleno vislumbra, mas le falta la intuición necesaria para distinguir espejos de lagos, hologramas de realidad. La espiral espera y crece. Mira y crece. Escucha y crece. Ya no gasta palabras. La espiral es un silencio, una pregunta omitida aspirando ser abrazada. La espiral te quiere sin lazos, te envuelve sin manos, te besa sin labios. La espiral te ama y no te conoce. Será una suerte si la encuentras residiendo en sí misma.
Mayo'2005

Autorretrato

Soy una mujer vaga, gandula, desganada, perezosa, holgazana, latente pero reptante, un piojo, una pulga, un parásito en fin y suma... ¿He dicho ya que soy una mujer vaga? Bien, no buscaré más sinónimos que definan la esencia de mi persona, porque odio hacer esfuerzos y todo para mí supone un esfuerzo en sí. Diré, para no engañar a nadie, que mi aspecto es el fruto de años y años no haciendo nada por mi aspecto, aunque, si he de ser sincera, esto es más bien una hipérbole, el deseo que todavía no he podido cumplir, ya que para mi desventura no nací vegetal.
Adoro las plantas y las envidio. Ellas todo lo saben, pues no tienen necesidad de saber; a lo sumo tienen necesidad de sobrevivir, pero el aprendizaje necesario para ello ya les es dado desde su nacimiento, es la herencia que generosas se pasan de generación en generación, contribuyendo cada una de ellas en una milmillonésima parte a la mejora de la especie. Como ellas, durante largo tiempo, me dediqué a no esforzarme con el único anhelo de echar raíces en mi sofá, mas como sola me viera ante las inclemencias del tiempo –sean éstas familia, trabajo, religión, ideología, vida social–, empeñeme en ser planta fuerte nutriéndome de otros que como yo aspiraban a formar parte del mundo vegetal, y así fue que de mis débiles raíces fue naciendo un no menos débil tronco, que de manera imperceptible iba engrosándose con el pasar de los meses y los años. Del pequeño tronco nacieron pequeñas ramas que alumbraron pequeñas hojas que me prometían una discreta felicidad. Mas, como mi naturaleza primera fuera humana y ésta no es discreta sino soberbia e imprudente, mi nuevo y deseado estado no me vino a conformar y así, cuando yo creía que solas mis ramas crecían, comencé a estirarme a lo alto y ancho, pero más a lo ancho por mi sedentarismo, tratando... Sí... Esforzándome por abarcar un mayor espacio del que como vegetal me estaba destinado disfrutar. Y he aquí que ahora descubro que mis ramas están dando frutos, pero os advierto, no los comáis, porque todos ellos están podridos.
Septiembre'2002

viernes, 24 de julio de 2009

Pimiento y cebolla


- Madre, venga a verme.
- Tranquilo hijo. Ya voy.

Sobre la sartén puesta al fuego los pimientos y la cebolla crujían en el aceite caliente. Concepción, de vez en cuando, para que no se quemara el sofrito, lo removía con la cuchara de madera mientras improvisaba una sencilla ensalada con tomates y ajos secos. Escurrió el jerez con que había macerado la pechuga de pavo y echó los trozos de carne junto a las verduras. El aceite, al contacto con el vino que destilaba el ave, saltó como metralla hacia todos lados, con tan mala fortuna que una gota fue a dar cerca de su ojo derecho y le dejó una marca que pronto comenzó a encogerle la piel. Concepción corrió al cuarto de baño cubriéndose el ojo con un paño de cocina humedecido, cogió la pasta de dientes y se puso un poco sobre la piel quemada para que el flúor evitara la inflamación y no le quedara señal. Acabada la operación de primeros auxilios, regresó junto al fuego y movió la mezcla que crepitaba en la sartén antes de ponerle una tapadera para que cociera durante un rato.
Miró el reloj, eran las dos menos cuarto. Comenzó a poner la mesa y volvió a remover la cocción. Recogió la ropa tendida, la dobló y fue emparejándola separando la que era para planchar de la que no y así toda ésta según las habitaciones en las que debía ser guardada. A Lucas le dejó la ropa encima de su cama; a él no le gustaba que su madre le ordenara las cosas, de modo que Concepción, harta ya de tanto disgusto, se la dejaba doblada y él ya se encargaría de emparejarla si le daba la gana. La ropa interior de Cristina y sus camisetas las guardó en los cajones y la falda azul la colgó en el perchero para que ella la viera cuando llegara a casa.
De regreso a la cocina picó un buen manojo de perejil, lo agregó a la sartén removiendo de nuevo y en dos minutos el plato estaba listo.
Se dirigía al comedor con la fuente y las servilletas en las manos cuando sintió tras de sí el abrir y cerrar de la puerta principal, el ruido de unas llaves al chocar en el platillo de la entrada y unos pasos que se dirigían hacia ella.
– ¿Qué hay? –dijo su marido al tiempo que ambos se sentaban a la mesa.
– Nada –apuntó Concepción por toda respuesta mientras le servía su plato.
Él comenzó a comer con la cabeza gacha y sin levantar la vista de la comida.
– ¿Me pasas el pan?
– Claro –contestó Concepción acercándole la barra.
En ese momento él reparó en la mancha blanca que ella tenía en la cara.
– ¿Qué es eso?
– Nada, no es nada. Me saltó aceite hirviendo y me quemé.
Él bajó de nuevo la vista al plato y siguió comiendo y sopando con el pan los restos del jerez.
– Hoy te ha quedado sosa.
– Sí, puede ser –concedió ella–. Se me ha pasado corregirla de sal.
Entonces un sonoro impacto la estremeció y cerró los ojos asustada. Al primer golpe siguió otro, y otro, y otro, y así durante un buen rato mientras ella intentaba sobreponerse y abrir los ojos para ver cómo su marido la emprendía a puñetazos contra la mesa. Estaba encendido de furia y preguntaba a voces por qué nada podía salir bien. Pronto rompió en un llanto desgarrador mientras continuaba castigando la mesa con sus puños y formulándose la misma pregunta. Concepción sintió que una brecha irreparable se le abría en el alma. Quizá en otro momento habría abrazado a Isidoro, lo habría acunado con ternura hasta aplacar su rabia, pero no ese día. Las cosas no iban bien, nada iba bien, y ella ya no se sentía con fuerzas para animar a su esposo.

- Madre, venga a verme.
- Tranquilo hijo. Ya voy.

Hacía tres días que Lucas había vuelto de la clínica y uno y medio que no aparecía por casa. En lo que iba de año, aquél había sido su tercer intento fallido de desintoxicarse. La historia se repetía una y otra vez: se pasaba un fin de semana metiéndose de todo, una par de días en los cuales no daba señales de vida seguidos de otros dos encerrado en casa –ni siquiera quería comer, tampoco se duchaba–. Entonces empezaban los remordimientos, el mal rollo, el ‘yuyu’ que decía él, y vuelta a empezar. Al cabo de un par de semanas, como mucho un mes, volvía a ingresar en la clínica. Esta sería la última vez, lloraba avergonzado. Deben confiar en él, les decían los psicólogos, darle responsabilidades de adulto, que conozca el valor de las cosas. Sí, está bien. Ojalá ésta sea la última, se decían ellos calladamente, mientras Lucas salía a la calle y al poco comenzaba a aprender el valor de las cosas. Hoy farlopa a sesenta euros el gramo.

Ya era de noche cuando Cristina estudiaba en su habitación, Isidoro había bajado un rato al bar, Concepción preparaba la cena en la cocina y el teléfono sonaba en el comedor.
– ¿Diga?
Y alguien dijo. Alguien dijo que había pasado algo, que no se lo podía explicar por teléfono, pero que era urgente que ella o su marido se personaran en el Hospital General. Cristina entró en el salón a tiempo de ver a su madre colgando el teléfono. Todo sucedió a cámara lenta: su madre colgando el teléfono,...una lágrima rodando por su mejilla,...su madre sorbiendo esa lágrima,...su mano buscando una silla,...la silla que se aleja,...su cuerpo cayendo al suelo.

Todos esperaban lo peor. Las cosas no iban bien. Isidoro cargaba con su esposa que se resistía a cruzar la puerta de urgencias. Cristina trataba de aparcar el coche.
– ¿Son ustedes los padres de Lucas Coves Martínez? –preguntó una enfermera mientras Concepción trataba de contener el llanto.
– Sí. Yo soy Isidoro Coves y ella es Concepción Martínez. Dígame, ¿está bien nuestro hijo? ¿Está vivo?

- Madre, venga a verme.
- Tranquilo hijo. Ya voy.

– ¿Su hijo? Pues... verá: no sabría decirle.
– ¿Qué? –estalló Concepción–. ¿Qué demonios significa eso? ¿No sabe si mi hijo está vivo?
– Cálmese señora. Aquí no sabemos nada de su hijo. Su hijo no está aquí.
– ¿Cómo que no está aquí? ¿Entonces dónde está? – preguntó en ese momento Cristina que acababa de irrumpir en la sala como un torbellino.
– Su hijo –continuó la enfermera dirigiéndose a los padres– no ha estado aquí en ningún momento, pero tenemos una placa de identificación que le pertenece.
– ¿Tienen su placa? –se alarmó Isidoro.
– Sí. La traía una joven en su mano cuando ingresó.
– ¿Una joven? –inquirió consternada Concepción– ¿Qué joven?
– No lo sabemos. Esperábamos que ustedes o su hijo pudieran ayudarnos. ¿Saben ustedes dónde localizar a Lucas?
– ¿Sabe usted dónde se esconde el sol? –contestó Cristina airada– Él sí lo sabe.
Isidoro miró a su hija desaprobando su conducta y se dirigió de nuevo a la enfermera.
– No sabemos dónde está nuestro hijo, pero imagino que no nos han hecho venir para preguntarnos lo que podrían haber sabido por teléfono.
– Verán, la chica ha fallecido. Murió en el hospital, pero la causa fue un accidente de tráfico. Su cuerpo está prácticamente calcinado y resulta imposible identificarla. Si su hijo no aparece y nadie la reclama, en unos días será... Tal vez ustedes la conozcan. Quizá podrían darnos alguna pista si la vieran. La chica tiene un tatuaje todavía visible en el talón.
– ¿En el talón? –preguntó Cristina sin mermar su brusquedad– ¿Cómo es ese tatuaje?
– Pues no sabría decirle –contestó la enfermera–, pero si cree que le ayudaría a reconocerla, puede venir conmigo al depósito de cadáveres.
– No. No creo que pueda. Reconocerla, quiero decir.

Una hora más tarde, Isidoro, sentado frente al televisor, no se enteraba de nada; Concepción, acostada en su cama, no podía conciliar el sueño; y Cristina, en su habitación, buscaba y rebuscaba las cartas del Oráculo de los Ángeles. No había forma, las cosas no iban bien: Isidoro no veía, Concepción no dormía y Cristina no encontraba.

Isidoro se levantó dolorido tras haber pasado la noche en el sofá. Concepción se quedó en la cama con la esperanza de dormirse en algún momento, tenía un fuerte dolor de cabeza.
- Madre, venga a verme.
- Tranquilo hijo. Ya voy.
Cristina se despidió más temprano de lo acostumbrado porque tenía que recoger unos apuntes en casa de un amigo antes de ir a la universidad.

– ¿Recuerdas aquel repentino viaje?
– No. No recuerdo ningún viaje en concreto. Tu hermano siempre estaba fuera de casa. ¿Qué es lo que debo recordar?
– Pues que aquel fue un viaje especial. Cuando volvió estaba absolutamente cambiado.
– Cristina, sé que estás muy sensible y no quisiera resultar ofensivo, pero tu hermano nunca tuvo viajes normales, no de los que precisan equipaje. ¿Me entiendes? Tu hermano pudo estar en cualquier lugar. Pudo estar en una vida pasada. ¿Sabes dónde quiero llegar? Siempre volvía cambiado, pero el cambio siempre era el mismo.
– No. Te equivocas. Entonces yo tampoco creí que hubiera estado de viaje, mucho menos en París. Pero lo cierto es que hoy sí lo creo. Cuando regresó estaba diferente. Comenzó a engordar y tenía un aspecto más saludable.
– Había dejado de ir al gimnasio. Por eso comenzó a engordar.
– No. No fue sólo por eso. Estaba feliz. Salía más.
– ¿Y eso te parece positivo? No sé, conociendo su problema, yo...
– ¡Calla y escúchame! Mi hermano era otro. Me da igual si estuvo en París o a los pies del Eúfrates, pero te digo que algo en él cambió. ¿Cómo si no te explicas que esa chica tuviera su placa?
– ¿Y yo qué sé? Eso sí debió ser un cambio. Algo así como el juego de los cromos. Te cambio mi placa por un gramo de coca.
– Esa chica no se drogaba.
– ¿Cómo lo sabes? No la has visto.
– Sí la he visto.
– ¿Cómo?
– En una ocasión mi hermano andaba buscando un dibujo especial. Nada de lo que encontraba en las revistas parecía contentarlo. Se estaba poniendo muy nervioso. Comenzó a lamentarse y a gritar que nada iba bien. Yo me sentía fatal, porque siempre he querido ayudarlo, pero nunca he encontrado el modo de acercarme a él, así que pensé hacerle un dibujo. Elegí un ángel: el ángel de la libertad. Se lo dejé encima de su mesilla de noche para que lo encontrara a su regreso, y supongo que lo encontró, porque al día siguiente –no me preguntes cómo lo hizo– delante del espejo de mi cómoda había un ramillete de jazmines todavía mojados de rocío.
– ¿Me estás diciendo que tu hermano se levantó temprano para coger jazmines para ti?
– No. No te estoy diciendo eso, porque ni siquiera yo lo creo. Te estoy diciendo que fue ella.
– ¿Quién es ella?
– ¿Quién va a ser? La chica del tatuaje.
– Madre mía, creo que empiezas a estar un poquito mal de la cabeza.
– No. Algo me despertó, y no sé por qué me levanté y miré a través de la ventana. Mi hermano salía de casa con esa chica. Fue ella quien dejó los jazmines en la cómoda.
– Definitivamente estás chiflada.

Habían pasado tres días desde la visita al hospital cuando Cristina recibió la carta.
Hola pequeña,
Sé que no te lo vas a creer, pero estoy en París. Suena raro, ¿verdad?, pero necesito un cambio de aires. Ya no soporto tanta compasión, y la abnegada dedicación de mamá me enferma. Quiere entenderme, pero eso es imposible; a veces no me entiendo ni yo. Sé que si me quedo allí no saldré de los líos en los que estoy metido. Perdonad que me haya ido sin despedirme. Creí que era lo mejor. Di a los papás que estoy bien, pero no les digas donde vivo. No quiero que me busquen, no quiero verlos. Quiero volver a nacer. Cuando viajé a París conocí a una chica, se llama Lucy, es preciosa, es un ángel. Por eso, cuando vi tu dibujo supe que ese era el tatuaje que deseaba hacerme; ella también lo tatuó en su piel. Ahora somos dos ángeles unidos por la esperanza. No tiene familia, y ella ya ha pasado antes por lo mismo que yo con buenos resultados. Se ha recuperado. Estamos enamorados y yo también saldré de esto. Le pedí que le entregara a mamá mi placa. Ya no la necesitaré, porque voy a ser otro, pero no quiero que se preocupe. Lucy se reunirá conmigo dentro de quince días, cuando arregle unos papeles de trabajo que le solicitan para poder cobrar aquí el paro. Ya tiene un nuevo empleo al que se incorporará en tres meses. Yo también tengo un nuevo empleo, es provisional, como todo, pero al menos aquí me han dado una oportunidad. Ahora todo irá bien.
Te quiero, bonita. No me olvides.
El nuevo Lucas.

Era Jueves Santo, por lo que no hubo misa, sólo una breve recepción en la iglesia antes de que la comitiva fúnebre iniciara el paso lento hacia el cementerio. Tras el coche mortuorio Isidoro se deshacía en lágrimas mientras Concepción repetía su particular letanía: Tranquilo hijo. Ya voy. Tranquilo. Vendré a verte. Tú tranquilo, cariño, que la mamá no se va a olvidar de ti. Tranquilo. Estoy aquí.

Nadie sabe cómo fue, pero Cristina había dicho ‘Se equivocaron. Lucas está muerto.’ Y todos respiraron como es costumbre hacer para no morir. Ahora sólo quedaba reclamar el cuerpo y enterrarlo. Todos estuvieron de acuerdo.
Si los ángeles volaran a unísono no existirían las sinfonías.

martes, 21 de julio de 2009

Fantasía para un gentilhombre

Al Ángel voyeur

Apenas se acercaba a la cortina, el rubor tomaba por asalto sus mejillas. Sus dedos frágiles, arrugados y sin la destreza de antaño, temblaban a contratiempo del zorcico de un corazón, que por el uso de la vida y el desuso del amor, amenazaba con dar un traspié de orden mortal ante tanta emoción. La levedad de la cortina, entre esas manos temerosas de ser descubiertas, tomaba atributos de arma de relojería y requería en su manejo la destreza de un especialista en impasibilidad. Pero una vez más creyó lograrlo, y aguzando la vista hasta acomodarla en la distancia la vio. Puntual como la mejor de las máquinas de vapor que él conociera, allí estaba, sentada frente a su tocador, con la coquetería natural que visten las mujeres cuando se saben queridas iluminándole el rostro. Era tan bella. Tan pulcramente bella. Tan delicadamente bella. Como otras veces, sintió una punzada en la entrepierna y un súbito cambio de ritmo en el órgano del sentimiento, que en presto tres por ocho, desafiaba al resto de su cuerpo a seguir una danza imposible ya de bailar con los pies. La deseaba. Cuánto la deseaba. Si hubiera sido flor al alcance de su mano, con certeza no habría estimado tanto su perfume como en esta frívola distancia que mediaba entre sus cuerpos, entre sus tiempos, entre sus almohadas. Adoraba la ternura con que acomodaba sus indóciles cabellos. Adoraba cada guiño de sus ojos, cada mueca de sus labios, cada pose de su cuerpo. La adoraba. Y para ella había erigido un altar en el cual cada día encendía nuevos suspiros y quemaba sus últimos restos de ardiente, aunque húmeda pólvora. Tras los pliegues de su blusa intuía las formas de la mujer niña, de la Venus púdica de Boticelli escamoteando a los ojos el objeto de placer, y lamentó que no se brindara a su vista con la frescura y naturalidad con que Renoir había pintado a Aline, desnuda. La amaba y así la quería, desnuda. Mujer radiante, completa y luminosa, translúcida como hoja de vidrio e hiriente como rayo de sol. Hasta que un día ella abrió su blusa ante el espejo y allí estaba la gloria. Su pecho rosado, turgente, y una mano resuelta que descendía desde el cuello para reposar en el pezón. Su cuerpo todo se estremecía mientras la novicia mano pellizcaba la cumbre audazmente conquistada. La carne, invicta hasta aquel momento, había recibido la señal; de modo que lentamente se dispuso a dejar fluir sus líquidos tal y como hasta entonces había dejado emanar sus anhelos y su imaginación. Lloraba, pues ella, en su mano virgen, sostenía la carta del amado.

lunes, 20 de julio de 2009

Yo vi dragones custodiando a los ángeles. Esta es mi verdad.

Dulce ángel

Había una vez un ángel tan dulce tan dulce tan dulce, que vino otro ángel y se lo comió.

El llanto del dragón



A Gloria Vallejo






Hubo una vez un dragón que tanto y tanto lloró, que con su llanto derritió sus alas y ya nunca más pudo volar.
Hubo una otra vez un otro dragón que, de contener tanto sus lágrimas, incrementó su peso hasta tal punto que tampoco pudo alzar el vuelo.
Por último, hubo una vez una dragona que, de tanto cargar con sus amigos llorones y con los que no lograban llorar, descubrió un día que sus alas se habían quebrado por el centro y que jamás podría volver a surcar el cielo.
De modo que ya sabéis, mis queridos ángeles de fuego, llorad como, cuando y cuanto os plazca, pero nunca perdáis vuestras alas.

El jardín de los deseos cumplidos. Duetto de libre interpretación

La madre que me parió es así de difícil encontrarse una regadera en el jardín de las flores cultivadas con amor por cien años de soledad que nadie alcanzó a vivir con su pareja felizmente antes de llegar a un lugar de cuyo nombre no quiero acordarme ahora que ya es tarde para escuchar las cosas que me dices en invierno cuando me tumbo en la cama y pienso que quieres regalarme un móvil para hablar de mi cuerpo entre tus manos cada vez que el zumo de naranja pasa por tu garganta resbalando entre las caricias que prodigas a los árboles al rodear tu casa blanca y azul como los colores del alma mía están esperando la luz de la cámara que escondes bajo las faldas de la mesa hay un secreto de lagartijas que corretean escapando a tus labios mientras cantan canciones de otros tiempos que recuerdan el proceso y reinventan la escritura muerta entre el algodón crudo si nadie lo recoge porque huelen a quemado los bosques que plantaron los antiguos ríos fluyendo entre la música que compuso una época dorada y divina era nuestra calma antes de vivir en la casa de muñecas donde canta Madama Butterfly desesperadamente me encuentro buscando entre las ruinas del ropero que nadie ordena a la gente que se manifieste libremente te hablo de esas cosas que me importan las caracolas de mar en una noche transfigurada llena de hombres paseando por mis sueños he encontrado la salida del lobo estepario que eres tú tratando de explicarme ese tratado de magia que no utilizo pues las montañas están lejos y de todos modos no importa el camino si se hace tranquilo al andar he cruzado el puente que ha de llevarme a la otra si soy yo y no reconozco bailando en la oscuridad de unos abrazos que he perdido de inmediato al pensar que te quiero aquí a mi lado susurrando palabras al descuido de los otros que presumen conocer la verdad de las rosas amarillas que crecieron envidiando un solo momento de tranquilidad que nos permitiera estar sentados para tejer los cuadros de Veermer me hacen perder el sentido de las miradas al descuido de desconocidos e imperceptibles me gustan los arañazos de esa loca familia que me abandona al subir al tren y se despide con una sonrisa te he dibujado en un retrato no hay sitio para la abstracción de las cosas que no comprendo si me desnudas con las palabras del viento que sopla empujando las velas apagadas antes de hora descubren el sentimiento de felicidad no vive el hombre que sabe conducir los coches de la empresa decidieron que fueran rojos por una tormenta que hubo antes de nacer yo ya se escribía poesía como la nuestra fue una aventura despojada de vestimenta pueril e insincera es la sociedad que nos vigila estrechando el corredor muestra la puerta al final siempre hay una salida que nos lleva al jardín de los deseos cumplidos.

Los ángeles aprenden, si los dejan


– ¿Y su nombre? –preguntó el empacado profesor.
– Amanda –contestó la joven del último asiento.
– ¿Amanda qué?
– Sólo Amanda.
– Ya. Verá usted, señorita, por sólo Amanda me temo que será difícil encontrarla en la lista.
– Es que no estoy en la lista. Eso sería un milagro.
– ¿Y si no está en la lista, qué hace usted en mi clase?
– Esperaba poder estar aquí, escuchándole, y esperaba que usted pudiera ignorarme.
Una ola de risas se agitó en el aforo.
– Vaya, nunca me había sucedido nada igual. Generalmente soy yo el ignorado.
– No lo crea profesor –interrumpió el diálogo un impulsivo asistente al aula.
Pero el profesor, obviando la notoria e imprudente intervención
continuó.
– De cualquier forma, y créame que me agradaría que pudiese quedarse entre nosotros, me temo que deberá abandonar el aula. No está permitido tener alumnos oyentes y además resulta usted demasiado llamativa.
– ¿Qué quiere decir usted con llamativa?
– Es usted un ángel.
Amanda, avergonzada, trató de replegar sus alas cuanto pudo, pero el número de ojos posados sobre su pequeña persona advertía cierto quórum entre los presentes, por lo que se levantó y salió dejando un rastro de desilusión allí donde pisaba. Afortunadamente ese día el sol había despabilado grácilmente las almas, y los oyentes, despreciados, se pusieron en pie y abandonaron la sala.

La imagen ha sido copiada de http://espaiclaudator.blogspot.com/ a quien agradezco todo lo que comparte con nosotros.

El joven Zanahoria

A Camilo, con amor

El joven Zanahoria soñaba que quería viajar a una estrella. La mujer acarició su espalda y le dijo: ‘¿Apenas si alcanzas a tener dos bultitos en el lomo y ya quieres volar?’ ‘No importa. No importa. Crecerán.’ Se decía el joven Zanahoria, y cada noche se sentaba a mirar el cielo con la esperanza de que alguna estrella de viaje quisiera llevarlo con ella, siquiera para cargar con su equipaje.

– Zanahoria, camina –le decía la mujer cada día–. Si te quedas ahí parado ya nunca más podrás moverte. Se te atrofiarán los músculos.
– ¿Pero qué dices, mujer? ¿Acaso no ves que estoy esperando que me crezcan las alitas para volar? Reservo mis energías para el día en que pueda alcanzar una estrella.
– Zanahoria, las energías no hay banco que las guarde. Las que no emplees hoy las habrás perdido mañana.
– Mujer, no sabes lo que hablas. Las energías que guardo alimentan cada día mi espíritu.
– Sí, quizá, pero dejan más flaco tu cuerpo y el día que quieras emprender el vuelo no serás capaz de mover tus grandes alas. Porque necesitarás unas alas grandes y fuertes para alcanzar una estrella en su vuelo.
– O tal vez no, si me quedo muy muy flaco, con unas alas pequeñitas me bastaría.
– Tienes razón, Zanahoria. Tienes razón.

La mujer marchó aquel día y no volvió a encontrarse con Zanahoria hasta pasados unos meses. Estaba extremadamente delgado y demacrado.

– ¿Por qué te fuiste, mujer? Me gustaba tu conversación.
– Tenía cosas que hacer. ¿Cómo te va todo?
– Bien, todo va bien.
– ¿Y cuándo te marchas?
– ¿Para qué lugar?
– Creía que tenías un viaje pendiente a una estrella.
– Sí, es cierto, pero he decidido que no lo haré.
– ¿Por qué?
– Llevo meses esperando y mis alas no crecen, y de estar tanto tiempo parado ya no recuerdo cómo se hacía para caminar.
– No te preocupes. Todo es cuestión de dar el primer paso. Es como montar en bicicleta o volar. Esas cosas nunca se olvidan.
– Yo nunca he montado en bicicleta. Y tampoco he conseguido volar.
– Eso no importa. Te digo que caminar es igual. Vamos, sígueme.
– No. Ve tú delante. Ahora iré yo. Quiero quedarme un rato a mirar las estrellas del cielo. Son todas tan bellas.
– Sí. Sí que lo son; casi tan bellas como las de la tierra.

Érase una vez... un cuento

Para Sara Illán y Pedro Casablanc
en el día de su boda

Érase una vez una princesa cuyo único reino se limitaba al espacio de su corazón. Para fortuna e infortuna suya, la delfina veía acosado su estado por cuatro pretendientes de procedencia y caracteres bien diferentes, pero todos ellos tan bellos y virtuosos que no sabía ante cuál firmar la rendición. Así pues, como en toda historia real que se precie, la princesa decidió poner a prueba a los pretendientes con el fin de escoger a aquel más idóneo para compartir su vida y sus sueños.
La prueba consistió en lo siguiente: la joven recibió uno a uno a los interesados en los jardines de palacio, y a todos ellos hizo la misma propuesta.
- He aquí dos tarros de cristal, uno grande y otro pequeño. Debéis escoger uno de los dos y dispondréis de tres meses para traerme un presente capaz de conquistar mi corazón. Debéis saber que en ningún caso seréis recibido antes de pasados los tres meses, pues todos debéis gozar de las mismas condiciones.
Pobre princesa, “de las mismas condiciones” había dicho, como si aquello fuera posible.
Pero fue así que el primero de los jóvenes optó por un tarro enorme pensando en las que él siempre había considerado sabias palabras de su madre: “burro grande, ande o no ande”. Y hecha su elección partió rumbo al norte.
El segundo de los pretendientes prefirió el tarro menor, por aquello de “el valor de las pequeñas cosas”, y partió hacia el Sur.
El tercero escogió, al igual que su predecesor, el tamaño del tarro; ya se sabe, pensó, “las grandes esencias se guardan en frascos pequeños”, y se sonrió contento de su agudeza y de sus profundos conocimientos en materia de cultura popular. Éste partió hacia el Oeste.
El cuarto, por fin, eligió un tarro grande, vaya usted a saber por qué, y partió hacia el Este.

Pasado el tiempo estipulado para la conclusión de la prueba, tres de los pretendientes se encontraban ya en disposición de ser recibidos, pero el que faltaba faltaba, por lo que durante tres semanas más del tiempo previsto, los pretendientes debieron esperar a las puertas de palacio la llegada del tercero de ellos, pues la preocupación de la princesa ante la desaparición de éste era tal, que no se sentía con fuerzas para recibir a los otros sin antes averiguar algo que indicara que el tercero había abandonado o que, al menos, se encontraba bien. Finalmente la princesa, no pudiendo prolongar más la espera, recibió juntos a los pretendientes que restaban.
- No hallamos explicación a la desaparición del tercero de los pretendientes. Y viendo que se prolonga y a la vez se hace injusta la espera para vosotros, he decidido recibiros y tomar así mi decisión. Podéis acercaros con vuestros presentes.

El primero de los pretendientes se acercó a los pies de la princesa, dirigió su mirada al suelo y con gesto humilde puso ante ella el enorme tarro que había elegido.
- Aunque un frasco grande elegí, me ha resultado dificultoso hallar aquello más apropiado para alcanzar vuestros favores. Por momentos pensé en llenarlo de riquezas que cegaran vuestros ojos, pero rápidamente desistí de mi idea, pues no esperaba de vos un ser capaz de ser conquistado por los lujos que anhela la avaricia. Más tarde valoré seduciros con las palabras más sabias y bellas que en el mundo habían sido pronunciadas, pero también desistí de ello, convencido del engaño que a veces ocultan las promesas. Finalmente opté por buscar algo que representara el valor de la tierra en la que vivimos y que deseo podamos compartir; por ello resolví regalaros los cinco elementos que la componen en este frasco que ahora os entrego.
El tarro de vidrio que le fue dado, ahora era un bello acuario lleno de peces color de plata. Así el pretendiente conjugó tierra, fuego, agua, madera y metal en un solo presente. Nada nuevo, pensaron los orientales, pero el regalo entusiasmó a la dama haciendo que latiera más aprisa su corazón.
La ceremonia debía continuar, y así fue que el segundo aspirante a amado se acercó y arrodillándose ante la princesa, fue tanta la intensidad que puso en su mirada, que ella sintió temblar sus rodillas y observó cómo su mente olvidaba todas las palabras conocidas, de tal modo que, aunque no logró comprender el discurso del segundo pretendiente, su espíritu quedó atrapado por él.
¿El regalo? ¡Ah, sí! En el pequeño frasco que había sido elegido, la princesa halló una minúscula semilla negra. Él había dicho algo sobre los frutos que juntos cosecharían. Nada nuevo, pensaron los africanos.
A continuación hizo su entrada en escena un amigo de la princesa (sentimos decepcionar a aquellas personas que esperaran un súbdito).
- Lamento comunicarte, querida amiga, que por más que nos hemos esforzado en buscar al tercero de tus pretendientes, no hemos hallado ni rastro de su sombra.
Entre los presentes se agitó un coro de risas. Nada nuevo, pensaron los europeos.
Así que la princesa, aunque molesta por el abandono, continuó su ronda de recepciones.
El cuarto de los pretendientes fue el más osado de todos, pues acercándose a la muchacha hizo que ésta se levantara reteniendo sus manos entre sus manos. Del susto, ella miraba hacia el suelo y apenas si lograba respirar.
- Mírame –dijo él con voz firme y dulce-. Cuando salí de tu palacio, mi cabeza estaba confusa y azarada; mi corazón enamorado y asustado; mi vientre hecho un nudo de pensamientos; mis pies temerosos de caminar. Sentí que un viaje podría alejarme de mis sentimientos o bien ratificarme más en ellos, pero tenía la certeza de que nada en esta vida podría separarme de ti.
Corta el rollo, pensaron los americanos.
- Tú quisiste ponernos a prueba, era de justicia que quisieras conocernos aunque yo bien no me conozca, por eso es que en este tarro te entrego la que considero mi única posesión. Aquí tienes el principio de mi amor.
La princesa observó el tarro que a ojos luz parecía vacío. “El principio de mi amor”, había dicho él, y ella lo eligió.