martes, 21 de julio de 2009

Fantasía para un gentilhombre

Al Ángel voyeur

Apenas se acercaba a la cortina, el rubor tomaba por asalto sus mejillas. Sus dedos frágiles, arrugados y sin la destreza de antaño, temblaban a contratiempo del zorcico de un corazón, que por el uso de la vida y el desuso del amor, amenazaba con dar un traspié de orden mortal ante tanta emoción. La levedad de la cortina, entre esas manos temerosas de ser descubiertas, tomaba atributos de arma de relojería y requería en su manejo la destreza de un especialista en impasibilidad. Pero una vez más creyó lograrlo, y aguzando la vista hasta acomodarla en la distancia la vio. Puntual como la mejor de las máquinas de vapor que él conociera, allí estaba, sentada frente a su tocador, con la coquetería natural que visten las mujeres cuando se saben queridas iluminándole el rostro. Era tan bella. Tan pulcramente bella. Tan delicadamente bella. Como otras veces, sintió una punzada en la entrepierna y un súbito cambio de ritmo en el órgano del sentimiento, que en presto tres por ocho, desafiaba al resto de su cuerpo a seguir una danza imposible ya de bailar con los pies. La deseaba. Cuánto la deseaba. Si hubiera sido flor al alcance de su mano, con certeza no habría estimado tanto su perfume como en esta frívola distancia que mediaba entre sus cuerpos, entre sus tiempos, entre sus almohadas. Adoraba la ternura con que acomodaba sus indóciles cabellos. Adoraba cada guiño de sus ojos, cada mueca de sus labios, cada pose de su cuerpo. La adoraba. Y para ella había erigido un altar en el cual cada día encendía nuevos suspiros y quemaba sus últimos restos de ardiente, aunque húmeda pólvora. Tras los pliegues de su blusa intuía las formas de la mujer niña, de la Venus púdica de Boticelli escamoteando a los ojos el objeto de placer, y lamentó que no se brindara a su vista con la frescura y naturalidad con que Renoir había pintado a Aline, desnuda. La amaba y así la quería, desnuda. Mujer radiante, completa y luminosa, translúcida como hoja de vidrio e hiriente como rayo de sol. Hasta que un día ella abrió su blusa ante el espejo y allí estaba la gloria. Su pecho rosado, turgente, y una mano resuelta que descendía desde el cuello para reposar en el pezón. Su cuerpo todo se estremecía mientras la novicia mano pellizcaba la cumbre audazmente conquistada. La carne, invicta hasta aquel momento, había recibido la señal; de modo que lentamente se dispuso a dejar fluir sus líquidos tal y como hasta entonces había dejado emanar sus anhelos y su imaginación. Lloraba, pues ella, en su mano virgen, sostenía la carta del amado.

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