lunes, 20 de julio de 2009

Los ángeles aprenden, si los dejan


– ¿Y su nombre? –preguntó el empacado profesor.
– Amanda –contestó la joven del último asiento.
– ¿Amanda qué?
– Sólo Amanda.
– Ya. Verá usted, señorita, por sólo Amanda me temo que será difícil encontrarla en la lista.
– Es que no estoy en la lista. Eso sería un milagro.
– ¿Y si no está en la lista, qué hace usted en mi clase?
– Esperaba poder estar aquí, escuchándole, y esperaba que usted pudiera ignorarme.
Una ola de risas se agitó en el aforo.
– Vaya, nunca me había sucedido nada igual. Generalmente soy yo el ignorado.
– No lo crea profesor –interrumpió el diálogo un impulsivo asistente al aula.
Pero el profesor, obviando la notoria e imprudente intervención
continuó.
– De cualquier forma, y créame que me agradaría que pudiese quedarse entre nosotros, me temo que deberá abandonar el aula. No está permitido tener alumnos oyentes y además resulta usted demasiado llamativa.
– ¿Qué quiere decir usted con llamativa?
– Es usted un ángel.
Amanda, avergonzada, trató de replegar sus alas cuanto pudo, pero el número de ojos posados sobre su pequeña persona advertía cierto quórum entre los presentes, por lo que se levantó y salió dejando un rastro de desilusión allí donde pisaba. Afortunadamente ese día el sol había despabilado grácilmente las almas, y los oyentes, despreciados, se pusieron en pie y abandonaron la sala.

La imagen ha sido copiada de http://espaiclaudator.blogspot.com/ a quien agradezco todo lo que comparte con nosotros.

2 comentarios:

Príncep de les milotxes dijo...

EL que hi ha a la web és per compartir; una abraçada, àngel...

Carminera dijo...

Així i tot, gràcies de nou.