jueves, 6 de agosto de 2009

La Puerta Falsa

Eran las diez menos cinco en su reloj de pulsera cuando levantó por primera vez la vista del libro. Media hora esperando y Luis no aparecía. Decidió que sólo aguardaría cinco minutos más. Habían quedado en La puerta falsa para tomar algo antes de decidir qué película irían a ver, pero ya estaba bien. Siempre le hacía lo mismo, quedaban a una hora, a la que a Luis le viniera bien, y al final siempre tenía que esperarle. Luis era el colmo de la impuntualidad y decidió que si no llegaba a tiempo iría al cine sin él, aunque eso le supusiera sentir cierta incomodidad, pero en ningún caso le esperaría más de esos cinco minutos.
En ese momento un camarero subió al escenario y anunció que la actuación iba a comenzar. ¡Mierda!, se dijo para sí. Había pasado todo el tiempo leyendo y no se había dado cuenta de que el local se había ido llenando. Ahora le cobrarían más por su consumición, y todo por escuchar a un músico que se prostituía en los cafés y que seguramente no le agradaría lo más mínimo.
Sobre la tarima de madera solamente estaba el piano que con frecuencia Luis solía tocar cuando había poca gente y el ambiente era familiar. En un primer impulso decidió levantarse y salir de allí, pero se controló, había decidido esperar y, aun a sabiendas de que lo hacía por no tener bronca con él, esperó.

Cuando apareció el pianista, le extrañó que su atuendo fuera de concierto clásico, de hecho ya le había extrañado que en el escenario no hubieran micros, una batería, un amplificador y, en definitiva, cualquier otro indicio de que el pianista tocaría acompañado o acompañando a algún otro instrumento o voz. Únicamente había visto una preparación similar del escenario en una ocasión, cuando actuó Tete Montoliú y, claro está, cuando subían espontáneos como Luis.
El pianista venía de Budapest, habían anunciado. Budapest, pensó con nostalgia, y deseó con todas sus fuerzas que fuera de la escuela de Géza Anda.
Tamás, que así se llamaba el joven pianista de expresión seria y gesto firme, saludó con una leve inclinación de cabeza al público, se acomodó en el taburete y comenzó a tocar.
¡Chopin!, escuchó. ¡Aquél pianista estaba tocando Chopin en un bar!, se indignó; y para más inri, uno de sus estudios favoritos, el número 9 del Op. 10. Aquél estudio le traía grandes recuerdos de su época de estudiante en el conservatorio, más aún, aquel estudio hizo que se enamorara de Luis, entonces su profesor de piano, cuando todavía no tenía 12 años y aun tardaría algunos más en ser capaz de tocarlo. De pronto se sorprendió divagando por sus recuerdos. No estaba escuchando la música.

Bajó de las nubes y se acomodó en su asiento apoyándose contra la pared. Realmente aquel chico tocaba muy bien. Acabado el estudio inició un preludio del Op. 28, no supo decir cuál, un tempo Sostenuto, y dedujo que Tamás no debía hablar nada de español, porque no presentaba ninguna de las obras y tampoco el camarero lo había hecho. ¿De dónde habrían sacado a aquel muchacho? Parecía no tener más de 20 o 21 años y en cambio tocaba el piano con la sabiduría de un anciano y el talento de un genio. Acariciaba las teclas como se acaricia al cuerpo amado y adormecido, con cuidado de no despertarlo, con adoración, con una delicadeza infinita y casi dolorosa por imperceptible. Entonces deseó ser aquel cuerpo, deseó que aquellas manos resbalaran por su piel y se sintió vibrando como una cuerda más, entregada el alma a la música. Aquel muchacho le estaba haciendo el amor y su cuerpo se dejaba hacer. Se había convertido en una hoja en manos del viento, en un ser inerme que vagaba de una nota a otra deteniéndose en todas ellas. Cada sonido era su posada, su retiro, su sustento, su alimento para no desfallecer, para no abandonarse a aquel susurro de maestro hipnotizador. Sintió que moriría si Tamás no dejaba de tocar y deseó esa muerte con la seguridad de que no hallaría otra mejor.

Cesó la música y despertó de su letargo. En ese momento odió cuanto le rodeaba por el mero hecho de estar allí. Pensó que debía salir de aquel sitio lo antes posible. No soportaría estar en la antesala de la muerte más de una vez en el mismo día y no dudaba que aquel pianista podía arrastrarle de nuevo allí, mas el deseo le ataba a aquel lugar. No podía moverse, no quería. Intentó buscar un hueco en su mente donde cobijarse, su recuerdo más feliz, y pensó en Liszt.
Más que nada en el mundo adoraba a Liszt. Su Sonata en
Si menor era su mejor recuerdo. Cuando sentía próxima la soledad, cuando rozaba el rencor, cuando el odio le hacía un saludo o le invitaba a salir a bailar, escuchaba Liszt. Fa#fa#fa#fa#fa#-MireSol-Fa#fa#, canturreó para sí,... Solsolsolsolsol-FamiDo#... de pronto la melodía quedó suspendida en el aire interrumpida por el ataque de un duro acorde en Si menor. ¡No!, pensó. No podía ser cierto. Sonaba Liszt.
Por un instante creyó desvanecerse. Aquello era demasiado. Un azote de cólera invadió su espíritu y ansió poseer a aquel pianista, someterlo y destruirlo. Pero la música era más fuerte que sus intenciones, de modo que pronto sucumbió a la armonía menor y dejándose arrastrar de nuevo por las notas inició un nuevo viaje: el viaje de la pasión.

Tamás deslizaba sus dedos por el teclado con total impunidad. No podía creerlo, los sentimientos que le unían a aquel joven eran más fuertes de lo que jamás había llegado a sentir por ningún otro hombre o mujer. Le azaró la terrible necesidad de abrazarlo, de besarlo, de estrujarlo hasta que dejara de respirar, de hacerlo suyo sin paz ni tregua. Quería arañar su cuerpo, pero no deslizándose como la dulce araña de Neruda, sino más bien como lo haría la fuerte garra de un león. Dejarle una marca de la que nunca pudiera desprenderse, una marca que le uniera por siempre a su pasión por Liszt.
Una tras otra las notas del concierto avanzaban hacia la cadencia, el éxtasis,... la muerte segura.

En ese momento Luis apareció ante sus ojos: ¿Nos vamos, Fernando?, y toda la magia se rompió.

2 comentarios:

fra miquel dijo...

Aquest és el primer conte que t'he llegit i m'ha agradat molt.
Gracies

Carminera dijo...

Gràcies a tu pels ànims que em dònes. No et conec de res, i per a mi és tot un regal poder acostar-me a gent nova a través del que escric.

Una abraçada.