jueves, 20 de agosto de 2009

La forza del destino

A Cristina Trujillo y Assum Boix

El coche está parado a unos quince metros de distancia. Por la ventanilla abierta se escapa la voz de Micaela Carozzi interpretando La forza del destino. Durante breves instantes mi mirada se cruza con la mirada de la conductora del coche musical. ¡Qué envidia!, pienso, ir en tu propio coche escuchando una ópera. La mujer pronto esquiva mis ojos, supongo que incomodada, como si se sintiera descubierta in fraganti. Sí, soy colombiana, me digo a mí misma, pero no se avergüence, señora, o me avergonzará de serlo. Claro, no me escucha, está con su música y no puede adivinar mis pensamientos; ahora se entretiene observando cómo esa rubia tontea con ese viejo; ella debe ser treinta o treinta y cinco años más joven que él, y él treinta o treinta y cinco veces más bobo que ella: parece un crío, jugando a atrapar las manos de la chica, sonriéndose ante su buena suerte mientras ella le mete la mano en la cartera. Se alejan dando saltitos.
El semáforo se ha puesto en verde y la soprano se despide entre los multitudinarios aplausos del Monumental. Me he quedado sola de nuevo, me giro y leo:

Jardí
de
Dolores Ibarruri
Pasionaria
1990

Estoy en la Avenida de la Libertad. Por aquí no pasa nadie, bueno, hay gente que va y viene cruzando de un lado a otro de la avenida, pero no se detienen, quizá sea por el escaso alumbrado que ilumina esta zona. A lo lejos veo un grupo de hombres de tez morena charlando animadamente en uno de los bancos del jardín, marroquíes, supongo.
Un anciano se acerca paseando un perro enano y mascullando entre dientes, protesta por la presencia de los jodidos inmigrantes. Sí, buen hombre, jodidos sí que estamos. Su perro se detiene y él hace lo propio. En el suelo, una extensa mancha líquida queda como recuerdo del paso del animal. El anciano, hablándole al perro, promete llevarlo al día siguiente al veterinario, lo cual me recuerda que todavía no he sacado mi tarjeta médica.
Veinte minutos más tarde el nauseabundo olor de la diarrea del perrito comienza a revolverme el estómago. Espero que esta mujer no se retrase mucho más o vomitaré aquí mismo.
Un joven cruza como el aire y a punto está de tropezar con mis pies. Se detiene ante el paso de peatones y mira a ambos lados; no sé bien si quiere pasar a la otra acera o busca desesperado a alguien con la mirada; se da la vuelta y se dirige a mí apresurado.
- Tens hora?.
- Sí - le contesto –, son las once menos diez.
- Gràcies - dice él.
De vuelta junto al semáforo, comienza a andar nervioso de un lado para otro. Pasan cinco minutos y vuelve a acercarse a mí.
- Perdona, tens foc? – me pregunta con un cigarrillo en la boca.
- No, no fumo – contesto yo.
- Bé, no importa, gràcies – y, girándose, observa a la gente parada junto al semáforo.
Por fin se dirige a una chica. Ella viste ceñido, zapatos a juego con el bolso, y lleva un cigarro en la mano derecha.
- Perdona, tens foc? – demanda el joven mostrándole su propio cigarro.
- ¿Cómo? – dice la chica.
- No, nada, si tienes fuego.
- No – contesta ella que justo acaba de pisar su pitillo con el tacón.
- Genial! – protesta él visiblemente enojado.
En ese instante una sonrisa ilumina su cara. Una muchachita de ojos pardos se acerca a él y, acompañado de un efusivo abrazo, le da un beso en la boca.
Hace mucho que nadie me besa en la boca, recuerdo añorando a la persona amada que dejé en mi patria. Ti lascio, ahimè, con lacrime, dolce mia terra, addio; ahimè, non avrà termine si gran dolore! Addio.
Me pregunto si alguien aquí me ama, si alguien tan siquiera me estima. Vaya, ¿será esa la mujer que espero?

A toda prisa, una mujer cruza el paseo y camina en dirección al lugar donde me encuentro. Se detiene frente a mí, resopla y me sonríe.
- ¿Eres Victoria? - dice con una voz tan rotunda que casi no parece una pregunta.
- La misma – contesto yo -. Y tú debes ser Alicia.
- Sí – dice sonriendo mientras continúa resoplando, me tiende la mano y me da dos besos -. Chica, no llegaba, lo siento, pero es que voy súper liada. De veras, siento haberte hecho esperar. ¿Te apetece tomar algo: un café, un té, una copa?
- Sí, claro. ¿Dónde vamos?
- Donde quieras, es que por aquí yo no conozco ningún sitio que esté bien, pero si quieres podemos acercarnos a una tetería que hay por el centro y mientras vamos charlando.
- Bien – contesto, y hablando hablando comenzamos a hacer camino.

Llegando a la tetería, ya nos hemos puesto al día de nuestras respectivas situaciones laborales. Alicia es profesora de la Universidad, da clases de pedagogía y en sus ratos libres diríase que es una ONG en sí misma: defensa de la llengua, de las mujeres, del pueblo palestino, de la escuela pública, y del, llamemos, “ETC”, ya que el etcétera de su lista de defensas, apoyos y luchas es tan larga que se resume mejor así. ¡Esta mujer es la verraquera! Por mi parte, no me lleva mucho relatarle mi situación, ya que mi compañera de trabajo, que le limpia el despacho en la uni a diario, ya le ha contado lo que había por contar. A Alicia le cuesta creer que una profesora de literatura trabaje en el servicio de limpieza, pero claro, es que aquí yo no soy una profesora de literatura, soy una inmigrante colombiana y gracias, y digo gracias porque antes de ser “inmigrante” fui “ilegal”.
Alicia ha quedado conmigo para ofrecerme un empleo en la empresa de su esposo; algo relacionado con la hostelería y qué sé yo; un puesto de encargada. ¡Ay, mamita! ¿Y qué hago yo en la hostelería?
Después de algo más de una hora de plática sobre Gabito, Cervantes, Salgado, Sorolla, Piñón, Belli, Colombia y el poder, España y el poder, el mundo y el poder, le confieso mi afición por la escritura y ella a su vez confiesa ser un ratón de biblioteca. Me anima a escribir y promete ponerme en contacto con algún que otro amigo suyo que trabajan en revistas locales, para ver la posibilidad de publicar alguno de mis escritos.
- No te calles, Viqui. Nunca calles. Lo único que nos queda es la palabra y la protesta social pública.
Me gusta esta mujer, y yo parezco gustarle a ella. Está convencida de que soy perfecta para el empleo; no va a aceptar un no por respuesta y yo sería tonta si se lo diera.
Al salir nos despedimos con un fuerte abrazo y ella me da un beso en la boca que yo no rechazo.
- Sé fuerte – me dice.
- Tú también – le contesto.
- Nos vemos.
- Nos vemos.

En el camino hacia casa me detengo y contemplo cómo un perro lame las heridas de otro canino que yace en el suelo. Ya de vuelta en mi habitación pienso en todo lo acaecido esta noche y me felicito porque hoy mi destino muestra mejor color. Suerte tengo de no ser un perro; tengo que recordarlo para no dejarme atropellar.
No, amores, no me dejaré atropellar, porque antes de beber de mi sangre habréis de beber de mi tinta.

4 comentarios:

vidapervida dijo...

Lo único que nos queda es la palabra.
Jo també ho crec, i molt.
He reconegut a l'activista, i l'he recordada.

M'agradaria que llegires este post del blog:
http://vidapervida.blogspot.com/2009/07/la-mare-i-la-filla.html

MGJuárez dijo...

Hola carminera, ;)

Ja sóc aqui!

Te escribo después de enviarte este post, y te comento. Ahora solo quería dejar constancia de mi paso por tu blog. Me incorporé esta semana al trabajo y hoy que tengo fiesta tengo más tiempo.

Un gran abrazo,
Montse.

MGJuárez dijo...

Aps!... leo a Rosa... solo un apunte para su enlace, ¡para ir directas! ;))

http://vidapervida.blogspot.com/2009/07/la-mare-i-la-filla.html

Petonets para las dos,
Montse.

MGJuárez dijo...

Como no, antes de dejar esta página... los honores para el texto. Me ha entusiasmado. Es tan limpio, tan certero. Una escena de ciudad -real, real, real-; ¡hay tanto ahí contenido!

Y también aprecié el cambio de color de fondo. Me gusta más si. Aunque yo sea más propensa al blanco. Piensa siempre en las diferentes pantallas, en los diferentes tamaño de monitor. No todo el mundo dispone de una pantalla ¡panorámica!

Besazos,
Montse.