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miércoles, 16 de septiembre de 2009

Avui

Avui les paraules
no arriben a explicar-te.
Avui la música
no pot compondre't.
Avui el sol
no abasta a pujar al cel.
Avui els pardals
han perdut la veu.
Avui els xiquets
no troben el somriure.
Avui la nit
s'ha fet l'ama del dia.
Avui el meu cor
s'ha anat a fer camí.

I tot allò per què?

Tot allò perquè demà vindràs
a explicar-li al món
com es composa la música
unint la teua veu als pardals
per fer somriure els xiquets
en veure el dia nàixer
il·luminant el nostre camí.


Mil gracias a Gloria Lizano por prestarme sus dibujos para acompañar mis poesías y relatos. Os aconsejo que os paséis por sus blogs http://glorializanolopez.blogspot.com/ y http://lamujersemilla.blogspot.com No tienen precio.

jueves, 10 de septiembre de 2009

Desolación

Una necesidad infinita
un relámpago
una ausencia
una necesidad

absurdo soez
imprevisible miedo
angustia desolación

un recreo un estudio
unos ojos un yo
un tú y un yo
un nosotros
un ustedes
desolación

una angustia un deseo
desolación

un misterio un estudio
un estudio y un recreo

la pregunta
no hay respuesta
necesidad
desolación

un misterio un camino
unos ojos rencor

amor rencor
te quiero amor

jueves, 3 de septiembre de 2009

A estas horas

A estas horas nadie duda
que el mejor cigarro
          es el clandestino
y el mejor amor
          el amor perdido

lunes, 17 de agosto de 2009

Los lirios

Don Rodrigo entró en el portal y desde allí lanzó un sonoro saludo a los que habitaban la casa. Había vuelto. Por fin había vuelto, pensaron todos, y salieron a recibirlo con los brazos abiertos esperando que él se los llenara de regalos.
- Hola pequeños - dijo a sus tres nietos que ya intentaban subírsele a las barbas -. ¿Habéis sido buenos? - preguntó obviamente sin esperar respuesta, puesto que ya les había llenado las manos de chuches que sacaba de sus bolsillos como quien saca conejos de un sombrero.
Cuando consiguió zafarse de los pequeños miró a Teresa.
“Hola Ica”, le dijo cariñosamente mientras se ponía rojo embargado todavía por la vergüenza. “Lo siento, cariño. Lo siento”. Teresa lloró. No podía soportar que su padre le pidiera perdón. Lo había deseado siempre, pero ahora no podía ver a aquel hombre, que siempre la atemorizaba con sus gritos, temblar como un niño corroído por el dolor y quién sabe si una vejez prematura.
Mientras cruzaban el patio los chiquillos no dejaban de gritar y tirándole de los pantalones intentaban ver los calzones de Don Rodrigo.
- Abuelo - decía Manu -, enséñanos tus calzoncillos.
- Sí, sí - coreaban los otros -. ¿Son de lunares o de flores?.
- ¿Te has traído los de margaritas, abuelo? - chillaba Rosa expectante.
- Sí, Rosa, los de margaritas - dijo el abuelo.
- ¡Bien! ¿Cuándo nos vamos al monte, abuelo?
- Tranquila pequeña, más tarde, más tarde.

Ya dentro de la casa, Teresa despachó a los críos de nuevo al patio y se sentó al lado de la mecedora de la abuela. Don Rodrigo preguntó:
- Ica, ¿por qué sigue esa mecedora junto a la ventana?
- Padre, por favor, no empecemos. Está ahí porque siempre fue su sitio.
- Ya lo sé, ¿pero le dais uso?
- Padre, por favor - repitió Ica con ojos suplicantes -. ¿Siempre tenemos que hablar de lo mismo?
- No, cariño, no. Pero algún día tendremos que hacerlo.

El conciliador tono de su voz hizo que Teresa comprendiera. Sí, probablemente había llegado el día de hablar. Lo habían postergado en tantas ocasiones que realmente ya no era capaz ni de recordar el motivo por el cuál se sentía tan dolida. Siempre que don Rodrigo regresaba a Los lirios, el tema era evitado por todos. Nadie nombraba a la abuela, todos encerraban el pasado bajo llave y por unos días descuidaban sus obligaciones hasta donde les era posible. Si don Rodrigo volvía a casa, la finca Los lirios debía lucir de fiesta, porque él no soportaba la tristeza y todos albergaban la esperanza de que un día se quedase para siempre.
De momento, parecía que el comienzo era alentador. En respuesta a la carta que Teresa le enviara un mes antes, se había disculpado y ella lo había recibido de buen grado; hacía tiempo que deseaba que su padre regresara para quedarse. Atrás quedaban las discusiones de la adolescencia y los regateos de la primera madurez. Teresa se había casado, tenía tres hijos y había sido capaz de sacar adelante la finca y la familia. Perdió a su madre, pero no veía el porqué no podía recuperar a su padre.

Los críos volvieron a entrar en la casa y tirando del abuelo consiguieron arrastrarlo hasta el portal. Se iban al monte. En una cesta la mestressa les había puesto naranjas para que engañaran el hambre hasta la hora del almuerzo. Teresa, todavía sentada, los observó marchar. Sabía que tenía que hablar con el abuelo. Sus nietos lo querían con locura y, aunque ella nunca hubiera sentido la admiración que ellos le profesaban, sabía que no era justo privarlos de tanta felicidad.

“A las dos se come en la casa”, ésta era la única regla que existía en la finca. El resto del día todo el mundo podía entrar y salir sin rendir cuentas, pero la hora de comer era sagrada, y pobre del que no estuviera a las dos sentado a la mesa, de modo que Teresa empezó a cortar las verduras para ir preparando la paella. Sentía mucho no poder hacerla de conejo, pero sólo quedaban tres en las conejeras y ya los tenía comprometidos: uno era para la maestra de los críos, se había portado muy bien aceptando dar clases a Rosa; otro era para el médico, por atender al pequeño Jorge durante la varicela la noche que le subió tanto la fiebre; y el último para el farmacéutico, que no había cobrado el medicamento.

Teresa salió a recoger lisones para la ensalada. Mientras cruzaba el patio miró a la ventana. Desde allí podía ver la mecedora de la abuela, llevaba nueve años vacía y así seguiría, como si el fantasma de su madre continuara ocupando su lugar y desde él pudiera observarla. Se dio la vuelta y siguió caminando. ¿Por qué se había ido su padre al morir ella?. Teresa había acusado mucho la falta de su madre, y su padre pronto se volvió un hombre oscuro y terriblemente gruñón. Un día anunció que alguien le había propuesto un negocio interesante en la ciudad y que se marchaba. Teresa protestó. ¿Cómo podía dejarla sola? ¿Qué ocurriría con la finca?. Ella no tenía hermanos y una mujer sola no podría sacar las tierras adelante. Pero si no sabía ni como iban las tandas del riego, ¿qué se suponía que debía hacer?. Mas aun así, don Rodrigo marchó y la dejó con la única compañía de la mestressa Soledad, una mujer tan solitaria como su nombre, pues carecía de familia y no tenía más amigos que los de la casa.
Soledad se había encargado de cuidar a la madre de Teresa durante toda su larga y penosa enfermedad. Teresa sólo tenía cinco años cuando su madre enfermó y diecisiete cuando murió, y aunque sabía que su padre nunca había sido especialmente cariñoso con ella, era consciente de que había estado ahí. ¿Qué haría cuando él marchase?
Pero lo cierto es que supo arreglárselas muy bien. Con la ayuda de dos buenos vecinos aprendió a llevar las tierras, y mientras ella ponía todo su empeño en que la finca no se viniera abajo, la mestressa se encargaba de las faenas de la casa, de la comida de los jornaleros y de bajar al pueblo para hacer la compra. Teresa pronto se casó con uno de los temporeros que recogían granadas y a los diez meses de casada tuvo a Manuel. Fue entonces cuando don Rodrigo volvió por primera vez a la casa. Hasta entonces ella le había escrito con frecuencia informándole de cómo iba todo, pero él no se había dignado a contestar y las únicas noticias que recibía se las daba don Uberto, el socio de su padre, cuando iba al pueblo a visitar a sus familiares.
Cuando Don Rodrigo fue a ver al pequeño Manuel, Teresa supo que todavía quedaba una posibilidad de que su padre regresara, y por eso, pese a que don Rodrigo sólo visitaba Los lirios tras los alumbramientos de su hija, y en los aniversarios de la muerte de su madre, ella seguía escribiéndole puntualmente cada vez que ocurría un suceso importante en la finca o en el pueblo.
En su última carta le había pedido que por favor regresara para quedarse. Era la primera vez que lo hacía, pero ya no podía soportar por más tiempo esa separación forzada por Dios sabe qué motivo.


Don Rodrigo empezó a pelar una naranja. Primero, con su cuchillo, peló los cascos por arriba y por abajo, después fue haciendo cortes como meridianos de un casco al otro y por último hundió sus dedos para ir arrancando la piel a trozos.
- ¿Quieres, Jorge? - dijo al pequeño que se encontraba a su lado mientras sus hermanos corrían monte arriba y monte abajo
- Vale - contestó el niño, y enseguida se metió un gajo a la boca -. ¡Ugh! - hizo un guiño como si estuviera amarga.
- ¿No está buena?
- Sí, pero es que llevo regaliz en la boca y sabe rara – contestó Jorge.
- ¡Condenados críos! ¿Para qué comeréis esas porquerías que sólo quitan el apetito?
Jorge empezó a reírse del abuelo. ¿Porquerías? Si el abuelo mascara regaliz en lugar de tabaco seguro que no pensaría así, y corriendo fue a buscar a sus hermanos para contarles lo tonto que era el abuelo.

Don Rodrigo se quedó sólo comiendo su naranja. En ese monte había conocido a Teresa, su mujer. Todos los años la veía allí el lunes de Pascua. Ella venía de la ciudad a visitar a sus primos del pueblo y ese día siempre iban al monte a comer la mona. ¡Qué ricas estaban las monas que hacía la abuela!, recordó. Cuando la conoció también ella estaba rica, rica de mona y rica de dinero, pero sobretodo de mona, se dijo para sí.
Tenía unas piernas fantásticas, largas como días de verano y fuertes como tormentas de abril, aunque eso lo supo algún tiempo después, cuando pudo escurrirse entre sus faldas y bucear entre esas piernas, antes del matrimonio prohibidas. Cuánto la echaba de menos, casi tanto como a Ica.
Ica nunca había comprendido que él se marchara a la ciudad; que saliera huyendo del dolor, porque, eso sí, él era consciente de que había salido huyendo, pero qué podía hacer. Aguantó mientras Teresa vivía con la esperanza de que un día se recuperara, pero cuando ella murió, supo que debía contar a Ica lo ocurrido antes de que otros lo hicieran por él. Ica ya era mayor, estaba a punto de cumplir los dieciocho y debía haberlo sabido todo antes, pero don Rodrigo sentía que si le contaba la verdad ella no le creería, de modo que por cobardía se marchó.
Ahora Ica tenía veintiséis años, un marido trabajador que la quería y tres niños preciosos que la adoraban. En definitiva, familia suficiente para sentirse querida y acompañada, y en cambio seguía escribiéndole a menudo. ¿Cómo podía seguir preocupándose por él que la había abandonado cuando más falta le hacía?

Cuando los tres chiquillos llegaron a su lado, el abuelo temblaba como una hoja.
- ¿Estás bien, abuelo? – preguntó el mayor de sus nietos.
- Sí pequeño, sí. Habré cogido frío. ¿Nos vamos?
Sí, contestaron en silencio asintiendo con la cabeza, y cogiendo las bicis emprendieron el camino de vuelta a la finca.


La mestressa estaba poniendo la mesa cuando Teresa se acercó a ayudarla.
- Soledad, ¿sabe usted de qué intenta hablarme mi padre siempre que viene a casa?
- No, Teresa. No lo sé.
- Es que parece que quiere comentarme algo, pero nunca lo hace.
- Y si tanto le preocupa, ¿por qué no le pregunta usted de qué se trata?
- Pues...no sé – dijo Teresa comprendiendo.
- A lo mejor es que usted ya sabe lo que le quiere decir y no le interesa oírlo, ¿no? – dijo la mestressa arriesgando.
- No – se azoró Teresa -. No sé lo que me quiere decir, así que no puedo saber si me interesa oírlo o no.
Teresa sabía que sus palabras no eran ciertas. Le daba mucho miedo lo que su padre pudiera tener que contarle. Tenía miedo de saber por qué se había marchado. Tenía miedo de que le dijera que había sido una mocosa estúpida e impertinente, que no la soportaba, que se había marchado porque no la quería, porque no quería ni a ella ni a su madre. ¡No!, pensó. Eso sí que no, a su madre sí la había querido, por eso estuvo a su lado hasta su muerte. Era a ella, a su Ica, a quien no quería. ¿Cómo iba a desear oír eso? Estaba claro que nunca le preguntaría nada a su padre. Era cierto lo que la mestressa había dicho: ella no quería escucharlo.
- ¿Ha pensado usted que su padre no le haría nunca daño? – dijo la mestressa.
Pues no, justamente eso no lo había pensado, y de hecho en ese momento pensó algo más parecido a: “¿Pero qué dice esta mujer? ¿Acaso se ha olvidado de que me abandonó?”. Pero se mordió la lengua y calló.
- Él nunca le diría nada que pudiera herirle – continuó Soledad.
Y entonces Teresa contestó mintiendo.
- Lo sé. Es mi padre, ¿no? – observó con tono rudo, y dicho esto salió de la habitación.

Soledad se quedó congelada. A veces se preguntaba si Teresa sabría algo o nada de lo ocurrido entre sus padres el día que su madre tuvo el accidente. Era muy fácil que alguien del pueblo le hubiera contado. Ya se sabe, en los pueblos todo el mundo anda con chismes, y la preocupación cristiana a veces es tal, que abarca hasta los secretos mejor guardados.
Al momento Teresa volvió a entrar en la sala y colocó la ensalada en el centro de la mesa.
- Soledad, he estado pensando que deberíamos arreglar la mecedora de mi madre; de tanto darle el sol por la ventana se ha envejecido mucho.
En ese momento la mestressa se desplomó en el suelo comenzando a llorar.


Manuel llegó el primero, como siempre, dejó la bicicleta en el patio y corrió a esconderse para dar un susto a sus hermanos. De pronto vio salir a su madre con la mecedora de la abuela en la mano. ¿Dónde la llevaba? Manuel sólo tenía siete años, pero sabía que, desde que podía recordar, la mecedora siempre había permanecido en el mismo sitio, pegada a la ventana de la sala de estar. Su madre le había contado que cuando la abuela quedó tetrapléjica y perdió el habla tras caer por las escaleras de la casa, el abuelo decidió sentarla allí todos los días para que por lo menos pudiera distraerse con el movimiento de la gente entrando y saliendo. Un día la abuela desapareció, pero la mecedora quedó allí. Ahora su madre llevaba la mecedora hacia el estercolero y Manuel la seguía a cierta distancia.
Desde las cuadras observó como su madre cubría la mecedora de broza seca y le prendía fuego. Manuel no podía creer lo que estaba viendo. Durante un buen rato sintió que un grito le estrangulaba la garganta y creyó que moriría asfixiado. Su madre lloraba en silencio mientras contemplaba arder sus recuerdos.


Manuel se agazapó entre los animales y permaneció allí llorando hasta que oyó que lo llamaban para comer. Había oído cosas en el cole, cosas horribles sobre su abuelo y su abuela. Él se lo había contado a la mestressa, pero ésta le había dicho que los niños malos siempre inventaban historias. Ahora sabía que eso no era verdad y pensó que quizá “los niños malos” tenían razón. Ellos le habían dicho que su madre era hija de su abuela pero no de su abuelo y que, cuando su abuelo se enteró, se enfadó tanto que tiró a la abuela por las escaleras.
Manuel no tenía hambre, pero sabía que su madre se enfadaría muchísimo si no aparecía pronto, así que se fue incorporando hasta que Soledad que lo andaba buscando le vio la cara.
- ¡Pero serás sinvergüenza! - dijo apresuradamente, aunque pronto se dio cuenta de que el niño estaba llorando.
- ¿Se puede saber qué te pasa? - preguntó todavía alterada.
Manuel le contó lo que había visto hacer a su madre y la llamó mentirosa por no decirle que lo que contaban sus compañeros era verdad. Soledad sintió que se descomponía por segunda vez en ese día, se sentó en el suelo y le habló.
- Manuel, tú eres muy pequeño para entender lo que pasa.
- Yo no soy pequeño - replicó Manuel - y tú eres una mentirosa - le espetó de nuevo.
Soledad se armó de valor y se dijo que tal vez debía intentar explicar lo sucedido.
- Manuel, lo único que hay de cierto en lo que te han contado es que tu abuela cayó por las escaleras. Tu abuelo la quería mucho y por eso siempre estuvo con ella durante su enfermedad, pero tenía miedo de que tu madre oyera las barbaridades que has tenido que oír tú y que creyera a la gente y no a él, por eso se marchó tras la muerte de tu abuela, tu madre había crecido y tu abuelo tenía miedo de contarle la verdad.
Soledad no tenía la certeza de que el chiquillo la estuviera entendiendo, pero al ver que éste se tranquilizaba a medida que ella le iba explicando, continuó.
- Ya ves, él tenía miedo de que tu madre lo odiara y tu madre tenía miedo de que él no la quisiera. Por eso tu abuelo ha venido tan poco; se sentía culpable de lo que no había hecho. Y por eso tu madre nunca dejó de escribirle; se sentía culpable si dejaba de hacerlo.

Manuel no entendió mucho de toda aquella historia de culpables e inocentes, de verdades y mentiras, de propósitos y despropósitos, de querer y no poder, pero se prometió que cuando fuera mayor volvería a preguntar sobre el tema.
Mientras se dirigían al interior de la casa, Manuel, que todavía no se había hecho mayor, seguía sintiendo el aguijón de la duda y preguntó.
- Soledad, ¿y la mecedora?
La mestressa lo miró incrédula. ¡Demonio de crío! ¡Qué manía tenía de investigar! Pero de todos modos le contestó.
- Lo que para tu madre sólo era un recuerdo, para tu abuelo era un signo de rencor.

Manuel se quedó tal cual estaba, en su inocencia todavía no entendía lo que era el rencor, pero si lo habían tirado al fuego, seguro que no podía ser nada bueno.



Agradecer la imagen a Gloria Lizano http://glorializanolopez.blogspot.com/

lunes, 20 de julio de 2009

El joven Zanahoria

A Camilo, con amor

El joven Zanahoria soñaba que quería viajar a una estrella. La mujer acarició su espalda y le dijo: ‘¿Apenas si alcanzas a tener dos bultitos en el lomo y ya quieres volar?’ ‘No importa. No importa. Crecerán.’ Se decía el joven Zanahoria, y cada noche se sentaba a mirar el cielo con la esperanza de que alguna estrella de viaje quisiera llevarlo con ella, siquiera para cargar con su equipaje.

– Zanahoria, camina –le decía la mujer cada día–. Si te quedas ahí parado ya nunca más podrás moverte. Se te atrofiarán los músculos.
– ¿Pero qué dices, mujer? ¿Acaso no ves que estoy esperando que me crezcan las alitas para volar? Reservo mis energías para el día en que pueda alcanzar una estrella.
– Zanahoria, las energías no hay banco que las guarde. Las que no emplees hoy las habrás perdido mañana.
– Mujer, no sabes lo que hablas. Las energías que guardo alimentan cada día mi espíritu.
– Sí, quizá, pero dejan más flaco tu cuerpo y el día que quieras emprender el vuelo no serás capaz de mover tus grandes alas. Porque necesitarás unas alas grandes y fuertes para alcanzar una estrella en su vuelo.
– O tal vez no, si me quedo muy muy flaco, con unas alas pequeñitas me bastaría.
– Tienes razón, Zanahoria. Tienes razón.

La mujer marchó aquel día y no volvió a encontrarse con Zanahoria hasta pasados unos meses. Estaba extremadamente delgado y demacrado.

– ¿Por qué te fuiste, mujer? Me gustaba tu conversación.
– Tenía cosas que hacer. ¿Cómo te va todo?
– Bien, todo va bien.
– ¿Y cuándo te marchas?
– ¿Para qué lugar?
– Creía que tenías un viaje pendiente a una estrella.
– Sí, es cierto, pero he decidido que no lo haré.
– ¿Por qué?
– Llevo meses esperando y mis alas no crecen, y de estar tanto tiempo parado ya no recuerdo cómo se hacía para caminar.
– No te preocupes. Todo es cuestión de dar el primer paso. Es como montar en bicicleta o volar. Esas cosas nunca se olvidan.
– Yo nunca he montado en bicicleta. Y tampoco he conseguido volar.
– Eso no importa. Te digo que caminar es igual. Vamos, sígueme.
– No. Ve tú delante. Ahora iré yo. Quiero quedarme un rato a mirar las estrellas del cielo. Son todas tan bellas.
– Sí. Sí que lo son; casi tan bellas como las de la tierra.

Érase una vez... un cuento

Para Sara Illán y Pedro Casablanc
en el día de su boda

Érase una vez una princesa cuyo único reino se limitaba al espacio de su corazón. Para fortuna e infortuna suya, la delfina veía acosado su estado por cuatro pretendientes de procedencia y caracteres bien diferentes, pero todos ellos tan bellos y virtuosos que no sabía ante cuál firmar la rendición. Así pues, como en toda historia real que se precie, la princesa decidió poner a prueba a los pretendientes con el fin de escoger a aquel más idóneo para compartir su vida y sus sueños.
La prueba consistió en lo siguiente: la joven recibió uno a uno a los interesados en los jardines de palacio, y a todos ellos hizo la misma propuesta.
- He aquí dos tarros de cristal, uno grande y otro pequeño. Debéis escoger uno de los dos y dispondréis de tres meses para traerme un presente capaz de conquistar mi corazón. Debéis saber que en ningún caso seréis recibido antes de pasados los tres meses, pues todos debéis gozar de las mismas condiciones.
Pobre princesa, “de las mismas condiciones” había dicho, como si aquello fuera posible.
Pero fue así que el primero de los jóvenes optó por un tarro enorme pensando en las que él siempre había considerado sabias palabras de su madre: “burro grande, ande o no ande”. Y hecha su elección partió rumbo al norte.
El segundo de los pretendientes prefirió el tarro menor, por aquello de “el valor de las pequeñas cosas”, y partió hacia el Sur.
El tercero escogió, al igual que su predecesor, el tamaño del tarro; ya se sabe, pensó, “las grandes esencias se guardan en frascos pequeños”, y se sonrió contento de su agudeza y de sus profundos conocimientos en materia de cultura popular. Éste partió hacia el Oeste.
El cuarto, por fin, eligió un tarro grande, vaya usted a saber por qué, y partió hacia el Este.

Pasado el tiempo estipulado para la conclusión de la prueba, tres de los pretendientes se encontraban ya en disposición de ser recibidos, pero el que faltaba faltaba, por lo que durante tres semanas más del tiempo previsto, los pretendientes debieron esperar a las puertas de palacio la llegada del tercero de ellos, pues la preocupación de la princesa ante la desaparición de éste era tal, que no se sentía con fuerzas para recibir a los otros sin antes averiguar algo que indicara que el tercero había abandonado o que, al menos, se encontraba bien. Finalmente la princesa, no pudiendo prolongar más la espera, recibió juntos a los pretendientes que restaban.
- No hallamos explicación a la desaparición del tercero de los pretendientes. Y viendo que se prolonga y a la vez se hace injusta la espera para vosotros, he decidido recibiros y tomar así mi decisión. Podéis acercaros con vuestros presentes.

El primero de los pretendientes se acercó a los pies de la princesa, dirigió su mirada al suelo y con gesto humilde puso ante ella el enorme tarro que había elegido.
- Aunque un frasco grande elegí, me ha resultado dificultoso hallar aquello más apropiado para alcanzar vuestros favores. Por momentos pensé en llenarlo de riquezas que cegaran vuestros ojos, pero rápidamente desistí de mi idea, pues no esperaba de vos un ser capaz de ser conquistado por los lujos que anhela la avaricia. Más tarde valoré seduciros con las palabras más sabias y bellas que en el mundo habían sido pronunciadas, pero también desistí de ello, convencido del engaño que a veces ocultan las promesas. Finalmente opté por buscar algo que representara el valor de la tierra en la que vivimos y que deseo podamos compartir; por ello resolví regalaros los cinco elementos que la componen en este frasco que ahora os entrego.
El tarro de vidrio que le fue dado, ahora era un bello acuario lleno de peces color de plata. Así el pretendiente conjugó tierra, fuego, agua, madera y metal en un solo presente. Nada nuevo, pensaron los orientales, pero el regalo entusiasmó a la dama haciendo que latiera más aprisa su corazón.
La ceremonia debía continuar, y así fue que el segundo aspirante a amado se acercó y arrodillándose ante la princesa, fue tanta la intensidad que puso en su mirada, que ella sintió temblar sus rodillas y observó cómo su mente olvidaba todas las palabras conocidas, de tal modo que, aunque no logró comprender el discurso del segundo pretendiente, su espíritu quedó atrapado por él.
¿El regalo? ¡Ah, sí! En el pequeño frasco que había sido elegido, la princesa halló una minúscula semilla negra. Él había dicho algo sobre los frutos que juntos cosecharían. Nada nuevo, pensaron los africanos.
A continuación hizo su entrada en escena un amigo de la princesa (sentimos decepcionar a aquellas personas que esperaran un súbdito).
- Lamento comunicarte, querida amiga, que por más que nos hemos esforzado en buscar al tercero de tus pretendientes, no hemos hallado ni rastro de su sombra.
Entre los presentes se agitó un coro de risas. Nada nuevo, pensaron los europeos.
Así que la princesa, aunque molesta por el abandono, continuó su ronda de recepciones.
El cuarto de los pretendientes fue el más osado de todos, pues acercándose a la muchacha hizo que ésta se levantara reteniendo sus manos entre sus manos. Del susto, ella miraba hacia el suelo y apenas si lograba respirar.
- Mírame –dijo él con voz firme y dulce-. Cuando salí de tu palacio, mi cabeza estaba confusa y azarada; mi corazón enamorado y asustado; mi vientre hecho un nudo de pensamientos; mis pies temerosos de caminar. Sentí que un viaje podría alejarme de mis sentimientos o bien ratificarme más en ellos, pero tenía la certeza de que nada en esta vida podría separarme de ti.
Corta el rollo, pensaron los americanos.
- Tú quisiste ponernos a prueba, era de justicia que quisieras conocernos aunque yo bien no me conozca, por eso es que en este tarro te entrego la que considero mi única posesión. Aquí tienes el principio de mi amor.
La princesa observó el tarro que a ojos luz parecía vacío. “El principio de mi amor”, había dicho él, y ella lo eligió.

Nota 5. Recordatorio

Para quienes son nuevos en su paso por el blog, haré un recordatorio. Podéis encontrar cuentos en julio y agosto; poesías en septiembre; y m...